Intelectuales, políticos, gente interesante

Isidoro Luz, con collarín, con César González-Ruano, que tenía un enorme parecido con Dalí,  y don Luis Álvarez Cruz. Foto Baeza/ Archivo AIN.

Isidoro Luz, con collarín, con César González-Ruano, que tenía un enorme parecido con Dalí, y don Luis Álvarez Cruz. Foto Baeza/ Archivo AIN.

  • César González-Ruano vino una vez con un penco del “Alazán” al que hacía pasar por su esposa

El hotel “Miramar”, propiedad de Isidoro Luz, alcalde portuense, fue escenario de conversaciones y encuentros de gente muy interesante. Yo era un niño, pero recuerdo con gran cariño a algunos de ellos. Mi padre dirigió ese hotel y las tertulias de por la tarde, bajo la tranquilidad del parque del Taoro y bien regadas con whisky, eran fantásticas.

César González-Ruano era amigo de Isidoro Luz; ambos solían verse en Madrid. César lo cita varias veces en sus crónicas y en sus memorias y en un par de ocasiones vino a Tenerife invitado por Isidoro. Lo alojaba en el hotel “Miramar” y allí lo visitaba don Luis Álvarez Cruz, el gran periodista chicharrero. Yo he dicho muchas veces que don Luis dominaba el artículo y la entrevista, era muy culto, buen lector y no le hacía ascos a ningún género. Yo lo tuve de profesor en la Escuela de Periodismo: era huraño y muy egocéntrico, pero un gran periodista y debajo de aquella capa infame latía un gran corazón.

Don Luis Rosales, académico y gran poeta.

Don Luis Rosales, académico y gran poeta.

Isidoro Luz, que era amigo de Buñuel y de Dalí, había sido alumno en la Residencia de Estudiantes madrileña. Era médico, jamás le cobró a nadie la consulta. Sabía alemán y se había especializado en Berlín.

La foto que ilustra esta portada la usé en un libro mío “Recuerdos en blanco y negro”. Es su autor el gran Imeldo Baeza, que también me regaló la fotografía que fue portada de aquel libro, al que le tengo mucho cariño porque volqué en él parte del álbum familiar.

Otro periodista al que le tuve muchísimo afecto fue don Mariano Daranas Romero, un clásico del periodismo español de los años difíciles de las guerras. Desde 1928 a 1944 fue corresponsal de varios periódicos en París. Y desde 1947 a 1949 corresponsal de ABC en Buenos Aires. Trabajó también para “La Vanguardia”, “El Debate” y Radio Nacional de España. Recuerdo que una vez le pedí un artículo para un suplemento del “Diario de Avisos” y construyó, allí mismo, con su pluma, un relato precioso, en prosa poética, del Valle de la Orotava, “con sus frondas forestales que no se decoloran…”. Don Mariano me contaba que estando en Suiza, una vez se encontró al rey Alfonso XIII por la calle, en su exilio, y el monarca se paró a saludarlo como si se tratara de un buen amigo. Qué tiempos.

Don Mariano había sido miembro de las Juventudes Mauristas fundadas por don Antonio Maura, de quien fue gran admirador. Y amigo de Manuel Delgado Barreto, otro periodista canario de mucha fama. Daranas nació en Las Palmas en 1898 y murió en Madrid a los 96 años. Su hijo es constitucionalista y fue letrado de Las Cortes, si no me equivocó, autor de varios libros de gran éxito sobre constituciones europeas.

Don Mariano tiene mucha culpa de que yo fuera periodista. Conservo la carta que le envió a don Victoriano Fernández Asís, que era presidente del tribunal examinador de las reválidas de periodismo. Don Victoriano le contestó –también conservo esa carta— diciéndole que yo no necesitaba esa recomendación porque había hecho un examen brillante. Gente caballerosa la de entonces. Y perdón por la inmodestia.

Don Emilio Lledó, catedrático y filósofo, además de grandísima persona./wikipedia

Don Emilio Lledó, catedrático y filósofo, además de grandísima persona./wikipedia

Cuando a Hernández-Rubio, catedrático de Derecho Político de La laguna, personaje inolvidable, le llegaban las cartas de recomendación, ponía dos tongas en la mesa del aula, antes del examen, y decía: “Este montón pequeño de recomendaciones viene de diversas personalidades de la vida de Canarias; y este otro (una montaña) son las recomendaciones del señor obispo”. Y es que don Domingo Pérez Cáceres, a la sazón prelado nivariense, que era un santo, recomendaba a todo el mundo. Y, luego, con una sonrisita, Hernández-Rubio decía: “Serán atendidas, en lo posible”.

Al Puerto de la Cruz, con motivo de los cursos para extranjeros en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, que Isidoro Luz fundó y presidió, acudían intelectuales españoles y extranjeros de gran talla. Recuerdo la sencillez de don Luis Rosales, poeta eximio, académico de la Lengua; don Emilio Lledó, filósofo y catedrático, hoy académico de la Española; Joaquín Entrambasaguas; Gregorio Marañón Moya, presidente del Instituto de Cultura Hispánica; el embajador Ernesto Giménez Caballero; un montón de gente, unos afectos al régimen y otros no.

Me falla la memoria para acordarme de tanta gente como pasó por el instituto de Estudios Hispánicos, regido en su mejor época por la profesora  Analola Borges Jacinto del  Castillo, a la que llamábamos “señorita”, y por Jesús Hernández Acosta, destacado letrado orotavense, que aún lo puede contar. Le tengo mucho afecto a Jesús, aunque no lo veo nunca.

Son recuerdos que no se me pueden olvidar y hago verdaderos esfuerzos porque paisaje y paisanaje se queden presentes en mi memoria para siempre. Yo era un niño o un joven pero vivía intensamente la relación con esa gente, en ocasiones a mucha distancia.

La anécdota, que contaba siempre el comandante Lorenzo Bruno, otro personaje de novela, muerto de risa, es que una de las veces que César González-Ruano vino a Tenerife lo hizo acompañado de un penco –así se llamaba antes a las señoritas de reputación dudosa— del “Alazán” de Madrid. La paseó por Tenerife, se la presentó a las autoridades locales como su esposa, cuyas mujeres la agasajaron cumplidamente, hasta que alguien descubrió el pastel, una vez ya los ilustres invitados en Madrid. La que se formó en la pacata sociedad tinerfeña fue tremenda. César nunca regresó.

Fachada del instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, en el Puerto de la Cruz./iehcan.com

Fachada del instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, en el Puerto de la Cruz./iehcan.com

Con relación a las señoritas de dudosa reputación, hay una anécdota definitiva del profesor José María Hernández-Rubio y Cisneros, ya citado. Se presentó en el Casino de los Caballeros, en Santa Cruz, del brazo de dos fulanas, a una de esas fiestas rancias que organizaba la sociedad tinerfeña. El portero mayor lo detuvo en la puerta, diciéndole: “Perdone, don José María, pero usted no puede entrar aquí con esas dos señoritas de dudosa reputación”. A lo que el catedrático respondió, sin cortarse un pelo: “No, estas dos son putas; las de dudosa reputación son las que están dentro”. El mismo profesor Hernández-Rubio, yo comiendo con él en el restaurante “El Coto”, en Santa Cruz, me comentó que la anécdota era rigurosamente cierta.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com