El día en que se me olvidó todo

Palacio de El Pardo.

Palacio de El Pardo.

  • Son tantos los recuerdos que a uno se le va todo de la cabeza: se queda en blanco
Pepe Oneto.

Pepe Oneto.

Y, de repente, se me olvidó todo. Estaba en un restaurante de Madrid, con mi mujer, en el “Iroco”, en Velázquez, que a mí me gusta mucho. Y vi entrar y sentarse a mi lado a Antonio Papell. Papell fue uno de los periodistas de la Transición, como lo fueron Oneto, Leguineche, Umbral, Victoria Prego, Pilar Cernuda y Ónega. Yo trabajé con algunos de ellos en la agencia Colpisa, con otros en “Cambio 16” y en “Tiempo”. O en “Interviú”.

Las primeras fotos de Bárbara Rey en pelotas se las hizo Ángel Millán sobre una pila de pinocha en la finca de mi abuelo, en La Dehesa, Puerto de la Cruz. Naturalmente para la popular revista del grupo Zeta.

No le dije nada a Papell, no lo saludé, pero de pronto sentí que se me había olvidado todo. Que mi mente estaba en blanco. Que no había existido la Transición. Y es que un periodista tiene un montón de vidas, tantas como acontecimientos sigue para sus lectores con dedicación, tesón y trabajo. Y esas vidas, se lo aseguro yo a usted, desocupado lector, se van olvidando.

Victoria Prego.

Victoria Prego.

Olvidé lo bien informada que estaba Pilar Cernuda, que nos contaba confidencias a los periódico abonados. Olvidé que estuve en Madrid en las vísperas de la muerte de Franco, viviendo aquellos tiempos tan tensos y tan informativamente densos. Olvidé mis conversaciones con el gran Manu Leguineche, paz descanse, en la sede de Colpisa, que ni siquiera me acuerdo de donde estaba.

Olvidé cuando, minutos antes de morirse Franco, llamé a Fermín Cebolla, a la sazón redactor-jefe de Colpisa, que me confesó que estaban a punto de dar la noticia y que colgara porque no tenían líneas para atender todas las llamadas que se estaban produciendo, algunas de ellas de fuentes muy directas.

Olvidé que, en plena apertura, di un grito de viva a la libertad en un cabaret llamado “El Rey Chico”, de Granada, y un compañero de profesión se me echó encima, en medio de mi pedo, porque aquello estaba atestado de policías del antiguo régimen.

Manu Leguineche.

Manu Leguineche.

Olvidé, en fin, que estábamos viviendo una página importante de la historia de España. Y que yo tenía sólo 28 años y era un benjamín ante toda aquella gente; y que le tiraba los tejos a todas las periodistas jóvenes que intentaban colarse en las redacciones, con muy escaso éxito por mi parte. Y había algunas de muy buen ver. Omitiré nombres.

Pocos saben que en esos años, Antonio Asensio, que luego fue magnate de la prensa y de la televisión, trabajó en “El Día” como auxiliar de redacción, mientras hacía la mili en Hoya Fría. Era corrector de pruebas. Me lo contó Pepe Rodríguez, un día de aquellos, tan gratos, en su casa de San Lucas.

Me asusto porque siento que soy capaz de olvidarlo todo. Otras veces pienso que soy insensible al dolor, hasta que no lo he conocido de cerca. No, no soy insensible, pero es que hasta ahora había tenido mucha suerte. No he olvidado aquellos años en que empezó la bendita Transición, pero necesito estímulos para recordarlos. Y confieso que no tengo ninguno. He perdido el contacto con muchísimos amigos que la vivieron igual que yo.

Fernando Ónega.

Fernando Ónega.

Años en que el marqués de Villaverde vendió aquellas fotos de Franco moribundo. Años en que las noticias iban circulando como culebras por los cenáculos de Madrid. Años en que frecuentaba el bar del “Palace”, que un lustro más tarde iba a ser el verdadero epicentro informativo de todo el mundo cuando al teniente coronel Tejero se le ocurrió invadir el Congreso de los Diputados y empezar a dar tiros dentro del templo de la democracia española. Aquí muchos tenían complejo de Pavía, aquel general que dicen que entró a caballo en el Congreso para acabar con la primera República española, aunque algunos expertos opinan que todo fue una leyenda urbana.

En fin, ¿cómo les voy a entretener a ustedes con estas lecturas de verano si resulta que se me olvidan las cosas y no recuerdo los detalles de nada? A fuerza de querer olvidarme de las cosas me he acostumbrado tanto a ello que me olvido de todo.

Pilar Cernuda.

Pilar Cernuda.

No recuerdo ni siquiera cuando recogí del suelo, en La Laguna, el dedo de aquel policía que intentó desactivar la bomba del MPAIAC, colocada en el Banco de Bilbao; Rafael Valdenebros se llamaba. La bomba le explotó y lo mató. Yo estaba viendo todo aquello y quiero olvidarme. Y me he olvidado.

Fue dura la Transición, muy dura. Y se llevó muchas vidas por delante. Pero fue también ejemplar y hubo muchos muertos casi anónimos o anónimos del todo. Y mucho periodista honesto que la contó como la vio. Yo he perdido la memoria. Por eso no quiero exprimirme más el cerebro buscando donde no hay. Y sólo tenía 28 años, ¿entienden?

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com