El sheriff en el banquillo

“Un asunto menor que se ha magnificado”. Así califica Casimiro Curbelo, también conocido como el sheriff colombino, el altercado que un lejano día —fue el 14 de julio de 2011; ha llovido desde entonces, la verdad sea dicha— tuvo con unos policías nacionales en el complejo Azca de Madrid. Asunto, sobra recordarlo, que se inició en el interior de un bar de copas; eufemismo para edulcorar lo que en lenguaje directo se denomina un bar de putas. O un puticlub, como decía un antiguo gobernador de Tenerife llamado Jesús Javier Rebollo. Bien es cierto que el local donde Curbelo se pasó de frenada se presentaba oficialmente como una sauna. ¿Una sauna a las cuatro de la madrugada? ¿Y por qué no? Aquella salida de tono le costó a don Casimiro su puesto en el Senado —Rubalcaba le impidió volver a presentarse en las listas de la inútil Cámara Alta—, pero no como presidente del Cabildo. Las golfadas, sean del tipo que sean, no las tienen en cuenta los españoles a la hora de votar. Y los gomeros, hasta donde sé, continúan siendo españoles.

Casimiro Curbelo, el sheriff de La Gomera.

El tropiezo de Casimiro Curbelo ha retornado a la actualidad porque la Sala Segunda del Tribunal Supremo ha abierto la fase preparatoria del juicio oral. No creo que la sangre, judicialmente hablando, llegue al río. Y a fin de cuentas, ¿qué más da si llega? Cada vez son más numerosas las personas desencantadas con este país que me encuentro a diario. Pero desilusionadas en positivo pues, afortunadamente, nadie está por la labor de hacerse el harakiri. Al contrario: están aprovechándose del sistema para situarse bien en el aspecto personal. Estudiantes, por ejemplo, que se aplican para acabar sus estudios incluso con nota y acto seguido levantar el vuelo con la intención de posarse en el extranjero. A casa, por Navidad y poco más. No seré yo quien les quite la idea. Al contrario.

Me dice un conocido —uno de esos mangantes redomados que ha engañado a todo el mundo cada vez que lo ha necesitado, pese a lo cual se alarma de que haya tantos mangantes detrás de cualquier esquina; ningún dromedario se ve su joroba— que la única solución para España es dejar el país como un solar y empezar de nuevo. Quizá. Lo malo es que quienes pueden hacer tabla rasa con todo lo que no funciona, que es casi todo, no están dispuestos a mover un dedo porque a ellos les va bastante bien. Cierto que Curbelo ya no puede tomar una sauna a las cuatro de la madrugada con cargo al bolsillo de los contribuyentes— al menos no puede hacerlo en la Villa y Corte; acaso en la Villa de San Sebastián le hayan abierto un local ad hoc— pero en el Senado siguen sentando sus ilustres posaderas señoras y señores con una labor igual de inútil —salvo para el bienestar de su peculio personal— que la de él cuando pichicomeaba por aquellos lares. Demasiados intereses, se mire como se mire, para que esto pueda cambiar.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com