Los ridículos ajenos

Si en la entrega de los Premios Goya se hubiese producido una pifia diez veces menor que la ocurrida durante la ceremonia de los Oscar en Los Ángeles, a estas alturas de la película —nunca mejor dicho— serían innumerables las voces que habrían pedido la dimisión del ministro de Cultura; la dimisión incluso, ya que estamos, del propio Mariano Rajoy. En Estados Unidos, que se sepa, nadie ha pedido la cabeza de nadie. Cierto que el ridículo ha sido planetario, esa es la realidad, pero nada más porque en cualquier lugar del mundo con un mínimo sentido común se admite sin excesivos rasgados de vestiduras que estos fallos, por vergonzantes que sean, se producen de vez en cuando. También hace unos años perdieron los todopoderosos gringos una costosa sonda espacial enviada a Marte porque en la aproximación final se equivocaron en las unidades de medida: dentro de la propia NASA, unos utilizaron el sistema métrico decimal (actualmente conocido por sistema internacional) y otros el inglés. El que hace algo, algunas veces yerra. Quien no se equivoca nunca es el que nunca hace nada.

Viene este preámbulo a cuenta de que en España practicamos con ahínco dos aficiones. Una, envidiar a todo el que se ha situado por encima de la media. Se detesta al gobernante por estar donde está, no porque gobierne mal. Y se odia al empresario exitoso por haber triunfado, no porque pague mejor o peor a sus empleados. Así con todo.

El segundo pasatiempo (hobby, como dicen los que saben inglés) en importancia de los españoles es hablar mal de sí mismos y, por ende, de su país en conjunto. Mal asunto porque no hay nada peor que despotricar de uno mismo. Lo subraya Sergio Fernández en su ensayo Vivir sin jefe. “La persona cuya opinión más valora es la de usted mismo”, señala. “Por eso no puede permitirse hablar mal de usted. Eso acaba minando su autoestima, su amor propio y su capacidad para desarrollar cualidades positivas”. Lejos de tan acertada recomendación, nos dedicamos precisamente a lo contrario.

Como país, no somos mejores que nadie pero tampoco peores. En realidad, somos bastante mejores de lo que pensamos. En una encuesta sobre la evaluación que hacen los europeos sobre su propio país y los demás aparecen resultados curiosos. Para los franceses, Francia es la mejor nación europea (el chauvinismo gabacho jamás morirá) y España la tercera. Para los alemanes, Alemania es lo mejor y España el tercer país en el que querrían vivir. Los británicos ponen al Reino Unido en primer lugar y a España en el quinto. Siempre la pérfida Albión. (Expresión que no fue acuñada en España, dicho sea de paso, sino en Francia). Para los españoles, increíblemente, España ocupa el sexto lugar en la lista. ¡Nos estimamos menos incluso de lo que nos aprecian los ingleses!

¿Se puede conseguir algo con esta mentalidad? Más bien, no. Cuando se salta al estadio pensando ganar, pueden ocurrir dos cosas: que se gane o que se pierda; cuando se inicia cualquier actividad pensando en perder, habitualmente sólo ocurre una.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com