Reinona sí, guagua no

Parece confirmarse que en este país la libertad de expresión, como todo, lleva colgada del cogote la advertencia “según y cómo”. Lo evidencia el hecho de que la sección de delitos de odio y discriminación de la Fiscalía Provincial de Madrid haya pedido al juzgado de guardia que prohíba circular al autobús de la organización Hazte Oír con el consabido mensaje del pene de los niños, la vulva de las niñas y lo demás. Considera el fiscal que existe riesgo de suscitar un sentimiento de inseguridad o temor entre las personas por razón de su identidad u orientación sexual, concretamente entre los menores que puedan verse afectados.

Si lo dice el fiscal, callo me llamo. Además, la alarma no ha sido privativa del Ministerio Público. Se pueden contar con los dedos de una mano los detractores de lo que, se mire como se mire, no es más que un simple ejercicio de libertad de expresión; de libertad de opinión, aunque no nos guste lo que piensen otros. Hasta la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, Cristina Cifuentes, presa de un arrebato de progresismo poco consustancial con el partido en el que milita, ha dicho que la guagua de Hazte Oír empuja al odio. ¿Estoy suscitando el odio contra los futbolistas, los tenistas o los cantantes de rock si digo que no me gusta el fútbol, el tenis o el rock? Por favor.

 “Esta sociedad sobreprotegida e infantilizada terminará dejando a los censores del franquismo en pañales”, comentaba el lector de una de las tantas noticias publicadas al respecto en los últimos días. No le falta razón. Tampoco anda desencaminada Isabel Bonig, presidenta del PP valenciano, al decir abiertamente que la Constitución española reconoce la libertad religiosa, de expresión y de pensamiento. “Igual que hay asociaciones que salen en determinadas fechas a la calle reivindicando, es necesario también respetar que otras personas tienen unas ideas o principios distintos”, señala.

No sé, aunque lo supongo, si esa misma libertad para expresar ideas permite que un individuo se disfrace primero de Virgen María y luego de Cristo crucificado en una celebración esencialmente de mal gusto —esa es mi opinión— como lo es la gala de las reinonas canarionas. Lo más grave de este segundo asunto no es que su protagonista lo haya hecho, como ha declarado él mismo, para provocar. Ni siquiera lo es que el jurado le haya dado el premio mientras el público aplaudía hasta con las orejas. Lo más grave, penoso y hasta desconcertante es que nadie, salvo el obispo de Las Palmas y la Conferencia Episcopal, haya protestado no sólo por un insulto vulgar a la fe de miles, decenas de miles, centenares de miles de canarios y de españoles en general, sino por un ataque cobarde a una religión —la católica, la cristiana por extensión— a día de hoy muy tolerante. Cobarde porque si el gracioso de la gala en cuestión hubiese parodiado algo relativo al Islam o a su profeta, no hubiera bajado del escenario con la cabeza sobre los hombros. Y si le hubiese dado tiempo a escapar de la furia de algún creyente exaltado, ahora estaría escondido bajo tierra sin poder salir a la calle. En realidad, hay muchísimos países, alguno bastante cerca, en los que este gracioso no podría salir a la calle sin graves consecuencias para su físico aunque no participase en un concurso drag queen.

Podemos llamarlo como queramos, desde luego que sí, pero hemos caído en una dictadura del pensamiento que en poco se diferencia del franquismo o del nazismo —la barbarie nazi empezó por la imposición de una ideología única; no lo olvidemos—, porque en la España de hoy existe cancha libre para ridiculizar creencias ancestrales pero no para manifestar, por ejemplo, que se discrepa con que una persona cambie de sexo. ¿Cuál es la siguiente vuelta de tuerca?

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com