Un hombre del campo

Me pregunta un lector por qué desde hace cierto tiempo escribo tan pocos artículos. Artículos en este digital, sí; sigo escribiendo otras cosas, acaso informes más o menos detallados o monografías, destinadas a un público más reducido pero que paga bien. Textos, por otra parte, en los que no hace falta ser políticamente correcto. Basta con proporcionar los datos exactos que necesitan algunas corporaciones para desarrollar su labor, eso sí, sin pifiarla porque en Madrid —y cada vez estoy menos dispuesto a mover un solo dedo en algún lugar de este país que esté más cerca de Canarias que Madrid— cuesta mucho conseguir un cliente pero resulta alarmantemente fácil perderlo. En cualquier caso, trabajos estomacales, como diría mi amigo Juan Julio Baena. Con lo que a uno realmente le gusta hacer rara vez se gana dinero; lo habitual es perderlo.

No obstante, a veces —verbigracia, hoy— me puede el gusanillo y me lanzo a la piscina del artículo diario. Un artículo en el que contar no tanto las andanzas de nuestros próceres políticos, aunque también, sino algunas anécdotas cotidianas reveladoras de lo que está sucediendo en este país, incluido lo que está ocurriendo con sus gobernantes. Tengo varias de esas historietas en el bolsillo. Por ejemplo, la que me ocurrió ayer en el exterior del edificio donde vivo cuando estoy en Tenerife. Un edificio hasta cierto punto singular y bien cuidado en el que los propietarios pagamos una barbaridad de comunidad, habida cuenta que los paganinis habituales hemos de costear las cuotas de los morosos sempiternos. A veces le digo al administrador que me siento como si viviese de alquiler en mi propia casa.

Sea como fuese, hemos conseguido disponer de un entorno decente. Tenemos algunos espacios verdes alrededor —pocos, pero algo siempre es algo— que cuida una empresa de jardinería. Por eso consideré que debía decirle educadamente a un señor, ajeno al edificio, que no pisoteara las plantas para atar a su perrito a una palmera, ya que en la tienda adyacente no lo dejan entrar con el can. Obviamente, no le gustó mi, insisto, comedida amonestación. Acto seguido me cayó la del pulpo en forma de insultos que no voy a repetir en este folio por una mera cuestión de buen gusto. Como la ofensa verbal le pareció poco, empezó a entrar varias veces en el parterre y a patear las plantas hasta dejarlas bastante “esmochadas”, como diría un rural que se precie. Condición esta última de la que se jactaba el maltratador de vegetales. “Soy un hombre del campo y piso mi tierra canaria cuando me da la gana”, repitió insistentemente mientras entraba y salía del maltrecho jardincito. Poco después llegó mi mujer y la emprendió a insultos también con ella. Calificativos que hasta a mí, que no he vivido precisamente en un convento de clausura, me sonrojaron.

¿Llamar a la policía y denunciarlo? Si estuviese en Francia, en Alemania, en Estados Unidos, en Suecia —en cualquier país donde los poderes públicos velen de verdad por los derechos de los ciudadanos— lo hubiese hecho sin dudarlo. En cambio, aquí llamar a la policía para estos asuntos es una experiencia que no le aconsejo a nadie. “¿Y usted quién es? ¿Y de dónde dice que llama? ¿Y a esa persona la tiene identificada? Es que ahora el cabo está en un servicio. Para eso tiene que venir en persona y poner una denuncia”. Simplemente, no gracias.

Hace unos meses coincidimos en Reims con una pareja de franceses ya maduritos —como nosotros— pero jóvenes de espíritu. Ella me confesó que cuando se jubilasen querían vivir en España; a ser posible en el Mediterráneo. No quise quitarle la idea porque a ambos, además, les encanta la cocina española. Está, igualmente, el clima. Lo que no sé es si todo esto compensa con coexistir con una muchedumbre de iletrados que no sólo presumen de su ignorancia, lo cual ya es grave, sino que, por si fuera poco, se creen con más derechos que un rajá. Bien es verdad que la culpa no la tienen ellos sino quienes los han envalentonado.

ricardopeytavi@gmail.com

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com