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Al margen de mi estupefacción por haber descubierto días atrás cómo intentaban desarbolar los caminos laterales de la ermita de San Diego de La Laguna, he de recordar aquí que todos esos parajes aledañAl margen de mi estupefacción por haber descubierto días atrás cómo intentaban desarbolar los caminos laterales de la ermita de San Diego de La Laguna, he de recordar aquí que todos esos parajes aledaños los considero un espacio mágico de los altos de mi ciudad natal. Por esos senderos pasearon, a finales del siglo XIX, don Nicolás Estévanez Murphy y su pariente don Teobaldo Power, comentando uno su poema «Canarias», comentando el otro sus «Cantos Canarios», en cuya carátula iban inscritos algunos versos de la obra de don Nicolás para demostrar la complicidad que los aliaba.

Los dos eran parientes de don Juan Patricio Meade y Power, quien había adquirido en 1839 el convento de San Diego fundado por don Juan de Ayala en 1615, para los recoletos descalzos de la orden de los menores franciscanos, con la iglesia y todas las tierras de alrededor.

Nicolás Estévanez y su familia subían desde su casona de Santa María de Gracia, donde estaba plantado el almendro mítico, a disfrutar durante los veranos de los frescos de San Diego y a departir con sus familiares sobre poesía, música y política federal. Estos días que paseo por esos lugares me parece oír el eco de esas tertulias entre las agradecidas espesuras vegetales. El tiempo no pasa. Aunque algunos intenten borrar la naturaleza que envolvía todas estas hazañas del arte y de la conversación serena.

Si La Laguna es Patrimonio de la Humanidad ese mérito no se debe solo a su triángulo histórico, sino a entornos tan emblemáticos como el que hoy nos ocupa y a otros como el Camino de la Manzanilla, el Camino de las Peras o el Camino Largo. El arbolado que desde hace cientos de años preside estos lugares nos exige máximo respeto. Quede dicho una vez más.

os los considero un espacio mágico de los altos de mi ciudad natal. Por esos senderos pasearon, a finales del siglo XIX, don Nicolás Estévanez Murphy y su pariente don Teobaldo Power, comentando uno su poema «Canarias», comentando el otro sus «Cantos Canarios», en cuya carátula iban inscritos algunos versos de la obra de don Nicolás para demostrar la complicidad que los aliaba.

Los dos eran parientes de don Juan Patricio Meade y Power, quien había adquirido en 1839 el convento de San Diego fundado por don Juan de Ayala en 1615, para los recoletos descalzos de la orden de los menores franciscanos, con la iglesia y todas las tierras de alrededor.

Nicolás Estévanez y su familia subían desde su casona de Santa María de Gracia, donde estaba plantado el almendro mítico, a disfrutar durante los veranos de los frescos de San Diego y a departir con sus familiares sobre poesía, música y política federal. Estos días que paseo por esos lugares me parece oír el eco de esas tertulias entre las agradecidas espesuras vegetales. El tiempo no pasa. Aunque algunos intenten borrar la naturaleza que envolvía todas estas hazañas del arte y de la conversación serena.

Si La Laguna es Patrimonio de la Humanidad ese mérito no se debe solo a su triángulo histórico, sino a entornos tan emblemáticos como el que hoy nos ocupa y a otros como el Camino de la Manzanilla, el Camino de las Peras o el Camino Largo. El arbolado que desde hace cientos de años preside estos lugares nos exige máximo respeto. Quede dicho una vez más.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com