Esperanza

I

Mientras la botella,  arrojada al Mediterráneo por el náufrago, se desplazaba lenta y suavemente empujada por las corrientes hacia su destinataria con un cálido mensaje de esperanza en su interior, la muerte, a lomos de su caballo cubierto de espuma blanca, galopaba desbocada y sin descanso, con sus alforjas repletas de sucias jeringuillas, bajo los puentes de los suburbios, en auxilio de los más necesitados.

Si la velocidad se le suponía constante, aquella botella arrojada al Mediterráneo por el paciente náufrago habría recorrido en la mitad de tiempo la mitad, también, del trayecto hasta su destino.

Justo en ese momento y a esa distancia la encontró el viejo pescador. En un punto equidistante entre el remitente y su destinatario; sin embargo, él desconocía esa circunstancia hasta que, destapada, leyera el mensaje que contenía en su interior. También él esperaba desde hacía ya años un mensaje semejante pero este, precisamente, no se trataba del suyo. Con mucho respeto y sumo cuidado volvió a taparla de nuevo y la devolvió a la mar para que continuara su curso. De lo que estaba completamente seguro es que a su destinatario sólo le restaba esperar la mitad del tiempo porque, en consecuencia, la botella había ya alcanzado el ecuador de su recorrido, mientras que la que él continuaba inútilmente esperando, posiblemente, ni siquiera hubiera sido arrojada todavía a la mar, ni lo sería nunca.

II

El mar lo trae y lo lleva todo./Wikipedia.

Como cada mañana, la mujer se acercó descalza y en silencio hasta la orilla de la mar en calma. Con los pies dentro del agua tibia se llevó la mano abierta hasta sus cejas y haciendo con ella visera sobre sus enormes ojos grises se dispuso a otear de nuevo la línea oscura del horizonte. Después de lamer sus pies descalzos, el tenue oleaje, cada vez al retirarse, agitaba del tal modo los guijarros que al chocar éstos entre sí, emitían un único y acompasado ruido que el eco se encargaba de expandir a lo largo de la gran playa desierta. Aquel día tampoco había divisado nada.

Mientras mantenía la vista fija en el horizonte, algo, arrastrado en silencio por las olas, había chocado contra sus pies desnudos. Se trataba de una botella de cristal oscuro que retiró del agua de inmediato. La llevó consigo tierra adentro y luego de sentarse sobre la arena húmeda de la playa, extrajo, a través del gollete, el cilindro de papel que se ocultaba en su interior. Desenrollándolo, lo leyó. Lamentablemente no iba dirigido a ella, no se trataba del que llevaba tan largo tiempo esperando. Su destinatario no era otro que una joven pescadora quién, al parecer, aún continuaría esperando a su remitente en aguas bravas del Atlántico a bordo de una ligera barca blanca de vela que, casualmente, llevaba por nombre el suyo propio: “Esperanza”.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com