La tranquilidad del hogar

En esta vida he sido muy callejero y muy novelero, pero siempre habrán leído en mis comentarios que cada etapa de la vida tiene sus ciclos, sus modas y sus costumbres.

Cuando somos pequeños queremos fugarnos del colegio o escapar del hogar familiar, vamos creciendo y procuramos cada vez regresar más tarde a casa, porque parece que el divertimento está ligado la nocturnidad y a las llamadas horas prohibidas.

De jóvenes tenemos un espíritu travieso, queremos rebelarnos contra el orden establecido y apostamos, dentro de lo posible, por una vida un tanto libertina, que nos parece incluso mejor cuanto más alejada esté alejada de unas reglas razonables.

Con la edad nos volvemos, si quieren decirlo así, más conservadores, más tranquilos, más reposados. Meditamos más las cosas, analizamos más profundamente las situaciones y seguramente nos volvemos menos pasionales.

De vez en cuando se echa de menos la paz del hogar. Aunque parezca una cursilada.

Vienen todos estos pensamientos a cuenta de que cada día me encuentro mejor en el inmueble donde vivo, sin grandes lujos, rodeado de la mayor comodidad posible y en un ambiente tranquilo y de paz.

Hace ya unos cuantos años que no me siento como un gato encerrado en casa, a pesar de que me siga gustando viajar y conocer nuevos países, nuevas sitios y nuevas costumbres sociales, entre otras cosas porque estar aquí y allá, en el continente africano, en el centro europeo o en el cono sur americano te hace más ciudadano del mundo y se te abre la mente y es posible, incluso, que entiendas algunas incógnitas y te vuelvas más humano, si cabe.
Pero ahora, sin que sea un contrasentido, disfruto mucho en mi pequeño “despacho”, leyendo algún libro interesante, escribiendo algún comentario sobre cualquier tema de actualidad o huroneando con el ordenador por las redes sociales, en donde también se aprende mucho, sobre todo a distinguir una inmensidad de tonterías y chorradas frente a una selecta referencia interesante de algunos de tus contactos.

Ha vuelto el frío y la lluvia estos últimos días a La Laguna y no he podido salir a dar mi paseo habitual por las calles del casco histórico, porque con estas condiciones atmosféricas invernales no me conviene. Y ciertamente lo he pasado, como decíamos en otras épocas, “chachi piruli” o, como se expresan los jóvenes de hoy, “de puta madre”.

No sé si muchos de ustedes, amables lectores, tiene ansiedad por echarse a la calle todos los días, pero puedo afirmarles que, de vez en cuando, no hay nada como volverse un tanto anacoreta, encerrarse voluntariamente en el “chozo” y disfrutar de “asuntos propios”, expresión esta última que puede englobar todo lo que, sin pasarse, se pueda imaginar. Y hasta aquí puedo escribir…

pacopego@hotmail.com

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com