El Puerto de la Cruz romántico

Calle lateral Este de la plaza del Charco, en pleno proceso de adoquinado.

1.- Hay un Puerto de la Cruz romántico. Un romanticismo un tanto desharrapado, pero valioso a los efectos de la pequeña historia insular. La publicación de un reportaje fotográfico, aquí mismo, con imágenes de finales del XIX, en fotos de varios autores, entre ellos Marcos Baeza y Johannes Morgenstern, nos adentra en un paisaje poco conocido de una ciudad que no fue más que un pueblito marinero venido a más, pero distinguido por la Naturaleza con un clima excepcional y con una vegetación poco común, aunque en esos años alborotada por la falta de atención pública. El Archivo Municipal, si tiene esas fotos en su poder, debe darlas a conocer en una publicación. Se trata de imágenes tomadas en blanco y negro y luego coloreadas por sus autores, aunque hay algunas que parecen haber sido sacadas con carrete de color, de lo bien tratadas que están, como las del autor alemán que retrata la playa de Martiánez y a los bañistas de su nacionalidad. Son realmente espléndidas y captan con toda fidelidad los modelos que usaban los turistas de entonces. Pocos portuenses se bañaban en el mar, con exclusión de mi abuelo y de sus amigos, que fueron multados por tirarse al agua desde los riscos de San Telmo. Al alcalde, don Francisco Machado, parece que no le gustó la osadía de los jóvenes y multó con dos pesetas a mi bisabuelo Luis, que también había sido alcalde y que ejercía como abogado tras titularse en la Universidad de Sevilla, por la travesura de su hijo. Efectivamente, hay un Puerto de la Cruz romántico de jardín enredado, ciudadela y postigo aristocrático; y otro pobre y desatendido, de postigo también pero abierto al hambre y a la desesperanza. Estas fotos me han traído muchos recuerdos. Pero son recuerdos de otras porque yo no viví esos momentos de la Plaza del Charco hecha un desastre de ramas y rastrojos, aunque sí habité durante toda mi infancia y parte de mi juventud en la casa de mis abuelos, que se aprecia en una de las fotos, en el momento no vivido de cuando fueron colocados los adoquines sobre la calle de tierra, mientras a lo lejos aparece la procesión del Día de la Cruz.

Juan Davó Ramallo, que estiró el art-decó hasta los sesenta.

2.- Cuando vi esas fotografías que le habían enviado a mi hermano no dudé en ofrecerlas a este periódico, porque no aparecen en mis libros de fotos sobre Tenerife y el Puerto de la Cruz, unos diez según recuerdo, en los que ofrecí imágenes realmente bellas de la isla, a través de sus mejores postales. Seguro que nos queda mucho que descubrir de este Puerto de la Cruz, que no es puerto ni es nada, pero que inventó el turismo en Canarias y se quedó atrás con la misma facilidad con la que lo inventó. Haría falta otro alcalde innovador y valiente, como fue Isidoro Luz, aunque ahora a los alcaldes no se les deja ser valientes, porque los que legislan lo hace mal y los que aplican las leyes urbanísticas no tienen otro remedio que atenerse a ellas. Legislan para proteger y lo que hacen es destrozarlo todo.

Casa del Coño, en la calle Blanco portuense.

3.- El Puerto de la Cruz llegó tarde a todo. Incluso al movimiento art-decó. Uno de los grandes diseñadores urbanos de la ciudad, el aparejador Juan Davó Ramallo, que hoy tiene más de 90 años y está como una puncha, diseñó edificios art-decó en la década de los 50, como la Casa del Coño –llamada así por las exclamaciones de los portuenses mientras se construía y sólo tiene cinco pisos—, como homenaje tardío a algo que ya se estaba acabando. Y construyó el Bar Dinámico, en la Plaza del Charco, con una lámina de hormigón tan fina y resistente que los obreros se negaban a retirar los puntales y los músicos a tocar en el kiosco de la música, hasta que se dieron cuenta de que aquello no lo tiraba nadie. Aquí vino el arquitecto Sartoris –que trabajó con Davó en el proyecto de la casa— y se quedó admirado de las posibilidades del Puerto de la Cruz como balneario. Y diseñó una residencia para artistas jubilados, que hubiera sido una maravilla y que jamás se llegó a construir. De todo esto sabe mucho más que yo la profesora Maisa Navarro, que además de una excelente docente es también una enamorada del Puerto. Me he extendido más de la cuenta en esta crónica casi diaria, pero es que cada vez que hablo o escribo del Puerto de la Cruz se me vuela la cabeza. Ustedes disculpen.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com