Un gran día para Europa

Andrés Chaves, colega, compañero y siempre amigo, me ha sugerido que tanto hoy como en los próximos días les cuente mis aventuras —y desventuras— a bordo de un velero de apenas nueve metros de eslora con el que he navegado entre Lanzarote y Madeira. Una travesía en mar abierto prolegómeno de la idea de cruzar el Atlántico en las mismas condiciones y, quién sabe, perderme luego durante dos o tres años en una vuelta al mundo sin prisas. Al común de los mortales han de llevarlo de un lugar a otro en barco, tren o avión. O en guagua. Los que aprendimos a navegar podemos ir a donde nos dé la gana por nuestra cuenta. Esa fue la sensación que sentí hace más de tres décadas cuando aprobé la asignatura de navegación astronómica.

Hoy el GPS pone las cosas más fáciles, la verdad sea dicha, pero no he olvidado cómo se utiliza el sextante, el cronómetro y el almanaque náutico, amén de las tablas de logaritmos si no tengo una calculadora a mano, para saber por dónde ando. Pero lo del velero ha de ser otro día.

Deberá ser otro día porque este miércoles se ha producido un gran acontecimiento para Europa. Por fin se largan los ingleses. Una efeméride a la que sería imperdonable no dedicar unas líneas.

Durante las últimas semanas he compartido junto a José María Carrascal —y algunos articulistas con una pluma tan certera como la suya— el temor de que por fin estos grandes hijos de la no menos Gran Bretaña decidieran quedarse y seguir torpedeando desde dentro, como han hecho siempre, el proyecto europeo. La UE tiene grandes defectos, absurdo sería negar la evidencia, y nos supone a todos muchos inconvenientes —otra realidad irrebatible—, pero a poco que meditemos unos minutos son más numerosas las ventajas. Algo que siempre ha traído por el camino de la amargura a la Pérfida Albión, como la bautizó en su día un gabacho de pro.

Inglaterra —escribo a conciencia Inglaterra y no Gran Bretaña— siempre ha hecho cuanto ha podido para que ninguna nación europea fuese fuerte. Ni España o Francia en el pasado, ni Alemania en el siglo XX. Desde el primer momento desconfiaron de la inicial CEE y, cuando al final se unieron a ella porque no les quedó más remedio, lo hicieron a regañadientes y con la premisa de no integrarse jamás en la moneda única. Ítem más, fuese quien fuese el inquilino de la Casa Blanca, han actuado como un caballo de Troya para enflaquecer Europa a conveniencia de sus primos norteamericanos porque a los gringos, no nos engañemos, tampoco les ha interesado nunca un Viejo Continente fuerte y unido.

¿Nubarrones en la economía europea con la marcha de estos estirados? Desgraciadamente, sí. Aunque no tantos como se piensa. Que estén tranquilos los hoteleros —y hasta los tomateros— canarios. ¿Dónde van a ir millones hooligan tatuados? ¿A ciertos países donde determinados barbudos les cortarían las pelotas —y posiblemente también el cogote— en el nombre de Alá y su guerra santa? No hombre, no; hasta a los hijos de la mencionada Albión les gusta conservar las partes esenciales de su anatomía.

Ya que estamos, ¿se atreverá el Gobierno de esa fatua llamada Theresa May a expulsar a los trabajadores españoles teniendo la Costa del Sol, y buena parte de Canarias, colmadas de jubilados británicos? “Esta es mi casa y aquí quiero quedarme”, manifestaba ayer mismo uno de estos muchos pensionistas ingleses afincados en el Mediterráneo español, angustiado ante la posibilidad de perder su acceso a la sanidad gratuita cuando se materialice el Brexit.

En fin. Con las empresas de la City —los servicios financieros de este núcleo londinense le aportan al Reino Unido un 15% de su PIB; casi nada— huyendo en desbandada hacia Frankfurt, París y Madrid, veremos a la larga quién pierde o gana. No veamos sólo las dificultades. Fijémonos más bien en las inmensas oportunidades de una Europa en marcha hacia su gran unidad sin nadie que le ponga piedras en su camino.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com