Maduro, el Tribunal Supremo y las Fuerzas Armadas

Las Fuerzas Armadas de Venezuela mantienen una larga tradición golpista. Pero también permitieron albergar esperanzas de sumisión al poder civil en la época, sobre todo, de Acción Democrática y de Copei. Ahora, Venezuela, por culpa de un movimiento populista abominable, que jamás hubiera surgido sin la aparición de un mesiánico como Chávez, del cual heredó el poder el patán de Maduro, es el hazmerreír del mundo. Y sus Fuerzas Armadas se han convertido en cooperadoras necesarias del desastre político, económico y moral que vive el país.

La última es que el Tribunal Supremo venezolano, por decisión de sí mismo, asume las competencias de la Asamblea (Congreso), elegida por el pueblo.

Naturalmente, a petición del tonto útil que supuestamente preside el país, que vive en un fuerte militar de Caracas y que hace mucho tiempo que ha entregado el poder a los militares.

Unos militares que han enviado a sus familias fuera del territorio nacional, esperando una revuelta popular; unos uniformados cuyos hijos estudian en el extranjero y que están dispuestos a seguir haciendo el ridículo ante la comunidad internacional mientras Venezuela tenga recursos para que ellos subsistan. Porque los ciudadanos que han tenido que quedarse en el país no pueden más. Cuando la presión interna y externa los arrincone, aflojarán la mano, expulsarán a Maduro y volverán a acatar el poder civil de alguien –no sé quién, la verdad— que devuelva a la nación la normalidad democrática.

Maduro y sus secuaces no han podido resistir la derrota, pero antes de ella se han enriquecido. Aunque hoy en día las cuentas de los gobernantes corruptos no están seguras en ningún paraíso fiscal, siempre hay trucos para tenerlas a buen recaudo. Los chavistas se han enriquecido, unos con el tráfico de drogas, otros con grandes negocios ilícitos de importación, mineros, petroleros, etcétera. El dinero de los venezolanos ha volado, la corrupción está a flor de piel y la milicia no es inocente.

Todo lo contrario. Ha participado alevosamente en el festín.

Venezuela será probablemente expulsada de la Organización de Estados Americanos, pero los gobiernos de todos los países del mundo, incluido el de Estados Unidos, miran para otro lado. No les importa que un hombre pro-yanqui, como Leopoldo López, se muera lentamente en la lúgubre prisión de Ramo Verde; ni que la separación de poderes se vea alterada tan gravemente; ni que el país se haya convertido en una brutal dictadura, en la que se encarcela al discrepante; ni que se haya acabado con los medios de comunicación  libres, se haya armado a comandos urbanos violentos y la policía disponga de menos medios que los delincuentes.

Todo esto en nombre del chavismo.

Que siete magistrados del TSJ elegidos por el Gobierno, en una auténtica mascarada, usurpen el poder de la Asamblea Nacional, que tiene 167 diputados elegidos democráticamente, es una vergüenza para Venezuela y para América Latina. Que un patán sin estudios presida el país, por decisión unipersonal del mesiánico muerto, es el dato pintoresco propio de una república bananera. Y que la familia del muerto ocupe las residencias oficiales y viva a costa del erario público es la guinda de un país en almoneda, a punto de convertirse en un Estado fallido, si es que ya no lo es.

Aunque, por comparar, Trump, el presidente del país más poderoso de la Tierra, ha metido a su familia, yerno incluido, en la Casa Blanca, y pretende legislar por decreto, derribando la memoria y el legado de Obama. En cuanto a cerebro, yo creo que existen pocas diferencias entre Trump y Maduro. Otra cosa son las instituciones norteamericanas y la separación de poderes, que en USA funcionan como un reloj.

La culpa, volviendo a Venezuela, no la tienen los especuladores, los empresarios corruptos, los ladrones de poca o mucha monta y las bandas criminales. La culpa la tiene el populismo inconsciente y unos militares que amasan para la desbandada que lo han permitido. Pero cuando ésta se produzca, sólo porque el pueblo salga a la calle sin miedo, entonces a lo mejor Venezuela ya no exista. Y la reconstrucción parecería tan lenta como imposible a los propios venezolanos.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com