Destrozarse la vida

“Le están destrozando la vida a Cassandra si no puede ejercer su profesión por 13 tuits en un país donde los corruptos se han llenado los bolsillos y han gozado de impunidad”, ha manifestado Pablo Iglesias en referencia a la sentencia de la Audiencia Nacional que condena a esta joven murciana por unos comentarios sobre la muerte de Carrero Blanco. También hubo comentarios deseándoles la muerte a otras personas —verbigracia, Cristina Cifuentes, cuando la actual presidenta de la Comunidad de Madrid estaba al borde de perder la vida en un hospital— aunque Cassandra dice que eso no lo recuerda. Añade el señor Iglesias que esta condena “habla muy mal de la democracia española”, y demuestra que en la justicia española existen “dos varas de medir”. Supongo que el líder de Podemos prefiere la democracia y la justicia imperante en la Venezuela de su amigo Nicolás Maduro, pero estábamos —y seguimos estando— con Cassandra Vera.

Estoy en contra de la sentencia que condena a esta infeliz. Más bien, si he de ser preciso, estoy en contra de las leyes que llevan a los jueces —porque esa es su obligación— a dictar sentencias como la que nos ocupa. Puede resultar deleznable que alguien se exprese de la forma en que lo ha hecho esta joven, qué duda cabe, pero de ahí a considerar un delito tal conducta va un abismo suficientemente grande para tragarse algo tan importante para cualquier democracia como lo es la libertad de expresión. Cassandra Vera puede ser, insisto, reprobada socialmente como ocurría en la Francia versallesca con quien incumplía las normas de la corte. Podría incluso ser tratada de algún trastorno mental. Condenada penalmente por ello, lo reitero, de ninguna manera.

Queda un segundo aspecto más importante que el descrito: la responsabilidad de cada cual respecto a sus actos. “Me han destrozado la vida”, ha dicho la propia Cassandra al conocer la sentencia. No es así. Ha sido ella quien, de una forma u otra, con razón o sin ella, con mejor suerte o peor infortunio, quien se ha complicado la existencia hasta límites insospechables y, lo cual es aún peor, posiblemente para siempre habida cuenta de la persistencia en el tiempo de cuanto entra en la Red. Un error de percepción sobre el alcance de los actos personales en absoluto privativo de esta chica sino extensible, desgraciadamente, a casi toda su generación. Viví algo muy ilustrativo al respecto el pasado domingo, en mitad del Atlántico, cuando se rompió el tensor de un cable de la jarcia en el velero en el que navegaba. “Mala suerte”, comentó echando balones fuera un italiano de 36 años, acaso inconsciente de que estuvo a punto de perder el barco por la imperdonable pifia de no llevar un repuesto.

 Las culpas siempre la tienen los otros o, en el mejor de los casos, las circunstancias. Y no es así.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com