Cassandra, segunda parte

Siento cierta pena por dedicar este folio a un asunto ya tratado —el de Cassandra Vera— habiendo, como los hay, tantos temas que merecen unas líneas y algo más. Por ejemplo, el que Canarias siga a la cola de España en cuanto a listas de espera sanitaria, como queda patente en un amplio reportaje publicado la pasada semana por un periódico de tirada nacional. No suelo reiterarme, insisto, pero como han sido numerosos los lectores que me han criticado por lo escrito sobre esta chica, parece que se impone la excepción.

Considera la Unesco que una persona alfabetizada es aquella capaz de leer un texto y hacer un resumen del mismo por escrito. Es decir, no está alfabetizado quien es capaz de firmar con su nombre —en vez de poner una cruz— y leer la banal mensajería instantánea que recibe en su teléfono inteligente (es un decir). Una persona alfabetizada es aquella que puede entender lo que lee. Por lo menos eso. Lo de saber expresarse por escrito lo dejo aparte pues tampoco pretendo abusar de nadie.

Dicho esto, considero suficientemente cultos a los lectores de este diario para comprender que no apoyo las declaraciones de doña Cassandra. Es más, las considero inhumanas y, si me permiten un paso al límite, propias de una mente enferma; de una sociópata.

Radicalmente distinta es la cuestión de su derecho a expresarse así. Porque al margen de lo que han sentenciado los jueces que la han juzgado —sentencia que respeto porque no me queda más remedio aunque no la comparto—, no veo ninguna incitación al terrorismo en sus chistes sobre el reprobable, y eternamente condenable, atentado que sufrió Carrero Blanco. Me parecen de mucho peor gusto las perlas que le dedicó a Cristina Cifuentes cuando su vida pendía de un hilo tras sufrir un accidente de tráfico, desde luego que sí, pero ni aun así movió la señora —o señorita— Vera un dedo para que la entonces delegada del Gobierno en Madrid abandonase este mundo. De nuevo, se limitó a opinar. Deleznablemente, lo admito, pero tampoco en este caso pidió que alguien fuese al hospital y la rematase. Lo cual, dicho de paso, sí hubiese sido un delito grave.

En definitiva, Cassandra Vera no ha ido por ahí tirando bombas; ni siquiera atómicas, habida cuenta de que los únicos criminales en la Segunda Guerra Mundial no fueron Hitler y sus nazis. Stalin, sin ir más lejos, mató de hambre a cinco millones de ucranianos y mandó ejecutar a un millón de sus compatriotas porque no pensaban como él. Algo que sabían Churchill y los ingleses, al igual que estaban al tanto de las matanzas de Khatyn porque habían descifrado los códigos secretos de los alemanes. Un detalle que no impidió al premier británico brindar por el dictador soviético cuando ya había acabado la guerra… en Europa, habida cuenta de que los gringos, asumido sin pudor su nuevo papel de gendarmes del mundo, todavía tenían pendientes aniquilar Hiroshima y Nagasaki.

Al final, como ha ocurrido desde siempre, Cassandra Vera no es más que el elefante blanco perfilado por Tom Wolfe en “La hoguera de las vanidades”. Un chivo expiatorio, un judas sobre el que lanzar todas las piedras; un haragán de feria para sustantivar un ejercicio de cinismo vergonzoso y vergonzante, encaminado a reforzar el convencimiento colectivo de que los buenos somos nosotros y los malos quienes actúan como ella. Falaz tesis porque ni Cassandra es absolutamente ruin, ni quienes la están despellejando son santos dignos de figurar en los altares.

ricardopeytavi@gmail.com

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com