El teluro

Echaba de menos a estas alturas de la película del teluro (o telurio; lo que ustedes quieran) una reacción airada contra un nuevo intento de explotación de Canarias por parte del Gobierno central; de “Madrid”, como dicen los nacionalistas de estos alrededores; los mismos que nos tienen a la cabeza de las listas de espera sanitarias y del fracaso escolar, pero eso es otro asunto. Estamos con ese elemento sumamente importante para que dispongamos de teléfonos cada vez más inteligentes.

Notaba en falta, insisto, tan previsible denuncia contra otro expolio de Canarias en detrimento de sus intereses pero, afortunadamente, no ha sido demasiado larga la espera. Acabo de leer en un digital al uso una rasgada de vestiduras a cargo de un señor a quien no tengo el disgusto de conocer. De momento se limita a preguntar si el Ejecutivo de Fernando Clavijo será capaz de reclamar los derechos que le corresponden al Archipiélago. Tiempo al tiempo, pues no tardaremos en ver en nuestras calles numerosas manifestaciones para que no se ponga en peligro el modelo turístico de las Islas con la posible extracción de un recurso situado a casi 500 kilómetros de El Hierro. A fin de cuentas, también iban a ser un desastre las prospecciones de Repsol a 60 kilómetros de la costa. Los gringos extraen petróleo a cuatro kilómetros de las impolutas playas de California sin que ocurra nada, pero sabido es que nosotros somos más escrupulosos con el medio ambiente que los norteamericanos. Para muestra, ahí tenemos al belillo de medianías y su casa autofabricada durante los fines de semana y fiestas de guardar.

Barra de Teluro puro./Wikipedia.

Y después de todo, ¿qué más da? La imperiosa necesidad de España —lo comprendí hace tiempo— no es reducir una de las tasas de desempleo más elevadas de Europa por la vía de diversificar la economía y explotar nuevos recursos; la imperiosa necesidad de quienes manejan los hilos de este país en todos los ámbitos (no me refiero exclusivamente a los políticos, sino a todos los que de una forma u otro tienen aseguradas las lentejas cotidianas) es mantener las cosas como están para que nadie les ponga en peligro la comedia y la tragedia; el alimento y el vestido, por si alguien no ha caído. Un planteamiento que no va a cambiar ni con petróleo, ni con teluro. Ni siquiera con diamantes, porque si alguna vez se descubriese una mina de diamantes en cualquiera de estos peñascos, lloverían sesudos artículos sobre los gravísimos daños que nos ocasionaría su explotación.

ricardopeytavi@gmail.com

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com