¿Vivir solos o en pareja?

Hay personas a las que les encanta vivir solas, sin que nadie les moleste, probablemente porque no saben convivir con otra persona o por la sencilla razón de no haber encontrado a otro ser humano que le agrade para compartir su existencia, sus alegrías y también, por supuesto, sus penas.

Las cuestiones relacionadas con el amor y el odio, con las simpatías, las empatías y las antipatías han sido siempre y son en la actualidad muy complejas, por lo que me siento de verdad incapaz de profundizar en el tema, que depende además de unos criterios muy subjetivos y personales, porque cada persona es un mundo, o eso creo.

Sí puedo afirmar que no me hace feliz vivir en solitario. Por necesidad del guion, tuve que interpretar ese papel protagonista en dos cortos períodos de mi vida y la experiencia no fue precisamente agradable en esas breves etapas que duraron unos meses, porque necesito vivir con alguna mujer al lado mío, compartir cosas y vivencias, dormir abrazado a mi pareja, bañarnos y comer juntos. Comentar y hablar sobre lo humano y lo divino y tener nuestros propios secretos y nuestras intimidades inconfesables, no porque sean peligrosas o nada recomendables, sino porque pertenecen a nuestro pequeño microcosmos, que hemos decidido compartir. Siempre, claro está, que haya una complicidad basada en el amor y en el cariño mutuos.

De hecho, creo que los hombres estamos menos preparados para vivir en solitario. Para comprobarlo, no hay más que ver la cantidad de viudos, separados y divorciados que vuelven a convivir con otro ser humano (independientemente del sexo de cada uno), mientras que buena parte de mujeres en la misma situación se lo piensan mucho antes de compartir su vida con otra persona.

No sé si por cuestiones genéticas o quizá por razones tradicionales de nuestra cultura, el sexo masculino se ha mostrado, por regla general, incapaz para vivir en solitario, porque la gran mayoría no está acostumbrada a realizar labores domésticas y se les caería la casa encima (nunca mejor dicho) si tuvieran que barrer, limpiar el piso, fregar la loza o tender la ropa. Porque sé que la mayoría de los que viven solos tiene trabajadoras domésticas por cuenta ajena, que ejecutan esas ingratas labores, o no se hacen ni la cama, porque no saben ni tampoco se molestan en aprender.

¿Cuál es entonces el sexo débil y cuál el fuerte? Ahí les dejo la pregunta, pero no se rompan la testa pensando la respuesta, porque la solución a la cuestión es tan clara como el agua clara. Y en botella de cristal. ¿O no?

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com