Las elecciones francesas

La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia ha dejado claras algunas evidencias que ya nos temíamos y que deben de considerarse indicativas de lo que va a ocurrir a partir de ahora en las democracias occidentales. La crisis de los partidos políticos tradicionales queda demostrada cuando observamos cómo triunfan candidatos que se escapan de las estructuras de sus organizaciones y ofertan una condición individual que desafía a la normalidad del sistema instituido. Es lo que ha ocurrido en Estado Unidos con Donald Trump, que aparece en el escenario político sin el control del partido republicano, equivalente a este Macron, que se la juega en solitario después de desligarse del gallinero socialista enfrascado en una lucha interna por suceder a François Hollande.

El líder de la recién creada En marche deja claro que con las modernas técnicas de penetración social ya no son necesarias complicadas organizaciones para poder profundizar adecuadamente en el mensaje electoral. Por otra parte, pone en cuestión la cerrazón ideológica que encorseta a las ofertas políticas en propuestas antiguas, pasadas de moda, e impracticables en la sociedad global en la que estamos inmersos. Si las tendencias liberales se han socializado, de hecho, y el socialismo tiende a la liberalización, por qué no ofertar una idea que participe de los dos postulados. No tiene nada de extraño que se triunfe exponiendo algo que se acerca tanto a la realidad. Mantener lo que está obsoleto, como si nos fuera la vida en ello, no lleva más que al fracaso. Esta es la causa del hundimiento del socialismo francés y también lo será del español si se sigue arrumbando hacia el sector que más lo acompleja: el famoso socialismo del siglo XXI que ahora está demostrando su agotamiento en América del Sur. Lo que es del siglo XXI es el capitalismo. Al menos eso es lo que dice Thomas Piketty, al que nadie, desde la izquierda hasta la derecha, parece hacer ascos.

Macron se la ha jugado en solitario contra el populismo de ultraderecha de Marine Le Pen y el de izquierdas de Mélenchon. Los restos de la tradición gaullista (Fillon) y del histórico socialismo francés (Hamon), ahora desaparecido en combate, le han anunciado su apoyo en la segunda vuelta. Europa ha respirado tranquila y las bolsas y el euro han respondido con una subida espectacular. Los fantasmas del anti europeísmo siguen estando ahí, pero, de momento, parece que son amortiguados por opciones sensatas. Los populismos no se han manifestado porque, aunque no lo quieran escuchar, son coincidentes en una gran parte de sus propuestas. La más importante, la de ir en contra del sistema. Una estadística de la distribución del voto indica que el de los ultras está concentrado entre la población con menor nivel cultural. Es ahí donde más opción tienen de arraigarse las argumentaciones demagógicas. Mientras esto ocurría en la vecina Francia, en Barcelona se regalaban libros y rosas y algunos socialistas andaban predicando su “No es No” como principio fundamental de su mensaje a la militancia que va a votar en las primarias. Espero que hayan aprendido algo de los franceses.

Me gusta Macron, que tiene una sólida formación económica y humanista, los dos pilares fundamentales para ser un buen político. Es el protagonista de una historia de amor muy hermosa. Creo que es un tipo que conecta. No hay que perder las esperanzas porque siempre puede surgir alguien que nos puede salvar. Eso es lo que estamos esperando desde hace muchos años. Ojalá no me equivoque y ser afrancesado en España deje de ser algo relacionado con una minoría intelectual.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com