De bien en mejor

España registró en 2016 la menor tasa de empleo de la UE: un 63,9 por ciento. Ciertamente la situación ha mejorado con respecto al año anterior, ya que en 2015 fue del 62 %, pero no por ello dejamos de estar ante un guarismo catastrófico. Sólo superamos en nivel de empleo (hablamos de un índice de empleo, no de desempleo) a Grecia (56,2 % de la población trabajando), Croacia (61,4 %) e Italia (61,6 %), si bien el caso italiano requiere un matiz significativo: no es que en Italia haya menos empleo que en España; lo que ocurre es que hay más empleo no declarado como consecuencia de una descomunal economía sumergida. “De los quince años que llevo trabajando, sólo he cotizado los cuatro que he estado en España”, me confesaba hace un mes un instructor de buceo trasalpino.

Como todo lo bueno es mejorable, este jueves nos hemos desayunado con la noticia de que, según datos de la Encuesta de población activa (EPA), 17.200 personas han engrosado las listas de parados españoles durante el primer trimestre de 2017. Tres meses en los que también se han destruido 69.800 puestos de trabajo. Un 18,75% de la población española con edad y capacidad para trabajar (no es lo mismo estar en condiciones de trabajar que tener ganas de trabajar) se encuentra desempleada; un total de 4.255.000 individuos e individuas.

Foto: Diario de Avisos.

Mientras tanto, ajenos a esta hecatombe social cuyo primer efecto será arrasar el sistema público de pensiones dentro de muy pocos años, aquí seguimos debatiendo el sexo de los ángeles separatistas, corruptos y lo que se tercie. Anoche mismo, sin ir más lejos, Televisión Española dedicó quince minutos a informar concienzudamente de las últimas diatribas (últimas pero no nuevas, pues son las mismas del día anterior, de la semana anterior, del mes anterior y de siempre) del presidente del Parlamento catalán, aunque ni Ana Blanco, ni la periodista que informó desde Barcelona, dijeron Parlamento o presidente. Prestas ambas a demostrarnos su dominio del dialecto de la butifarra, mencionaron Parlament y president. Más o menos como aquel alumno de francés convencido de que ya dominaba la lengua de los gabachos porque decía chalequé para referirse a chaleco y bombillé para mencionar la tradicional bombilla. Cabe suponer que pollaboba lo traducimos por pollabobé y nos entienden hasta en París. Vaya por delante que los responsables del asunto televisivo no son la presentadora Blanco y la redactora de la delegación en Barcelona, sino quienes, por absurdas razones políticas, las obligan a expresarse así.

Sea como sea, son estas idioteces las que nos quitan el sueño y no los problemas de una economía que no arranca porque siguen sin adoptarse las soluciones adecuadas. Quizá debería cambiar el antetítulo genérico de esta sección por el de “País fallido”. No lo sé. Intento no caer en la depresión irreversible, pero resulta difícil. Menos mal que hay otra vida —y yo la estoy viviendo— más allá de la política sinvergüenza y el periodismo cretino. (Otro día les hablo de un colega que confunde estar atracado con estar fondeado).

Hasta entonces.

ricardopeytavi@gmail.com

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com