La cajetilla del belillo

Cuatro de la tarde del lunes en una concurrida carretera urbana de Tenerife. Un belillo al uso saca el último cigarrillo de la cajetilla y arroja el envase vacío por la ventanilla del coche. Cae en una cuneta repleta de otros dignos despojos: desde latas de refresco hasta pañales de niño desechables, pañuelos de papel y alguna bolsa de basura, amén de condones y compresas (el aparcamiento de Las Teresitas, en el que ahora han instalado puestos de comida y bebida, es un reguero de condones y tampones).

Es difícil encontrar un lugar en Europa más sucio que España, y dentro de España más sucio que Canarias, y dentro de Canarias más sucio que Tenerife. Ni siquiera en Gran Canaria, otra isla densamente habitada, se dan los niveles de asquerosidad que podemos encontrar en Tenerife. Llevo más de treinta años recorriendo Europa a ras de tierra, primero en coche y luego en moto. Aunque no hubiese carteles en francés junto a las carreteras, podría advertir que he pasado de España a Francia sólo por la limpieza del entorno. Lo mismo cabe decir de Alemania y de cualquier otro país socialmente avanzado —dejemos la economía aparte— del Viejo Continente. Una limpieza que brilla por su presencia también en los nuevos socios del “club de los ricos”. Las ciudades y zonas rurales de Polonia están, en general, muy limpias, al igual que cualquier entorno de las tres repúblicas bálticas o de Bulgaria, Eslovenia, o Croacia. Lo mismo vale para los edificios públicos. Hace poco estuve en los aeropuertos de Funchal y Lisboa. Un paradigma, ambos, de modernidad y pulcritud. En cambio, cada vez que llego al de Madrid, se me cae el alma a los pies: vagabundos durmiendo sobre los pocos asientos disponibles, pasajeros tirados por los suelos a cualquier hora del día, basura por doquier… De la suciedad —asquerosidad sería la palabra más adecuada— en las calles de la capital de España mejor no hablar.

Lo propio es responsabilizar a los políticos. Alguna adeudo en este asunto tienen, desde luego, porque son ellos los responsables de que existan unas normas para la convivencia y, sobre todo, de que esas normas se apliquen a quienes no aprendieron en sus casas a comportarse como personas y no como hediondos. Mejor, jediondos. En Estados Unidos se paga con 1.000 dólares de multa tirar cualquier objeto, aunque sea un simple pañuelo de papel, por la ventanilla del coche. Una amiga chicharrera me contó que de joven fue a una temporada a Londres para estudiar inglés. Un día, mientras esperaba el autobús en una parada, tiró al suelo el envoltorio del chicle que acababa de meterse en la boca. Sin decir nada, una señora la miró con cara de desaprobación, se levantó, cogió el papel y lo tiró en la papelera que estaba al lado. La vergüenza fue suficiente para que esa amiga mía jamás volviese a hacer algo parecido, ni en Londres ni en Santa Cruz de Tenerife, ni en la Conchinchina. Ni lo hace ella, ni ha consentido nunca que lo hagan sus hijos.

Sobra añadir que si en Tenerife alguien se hubiera agachado a recoger la cajetilla del belillo, éste se hubiese meado encima de él de la risa que le hubiese provocado una acción pretendidamente ejemplar y ejemplarizante. “Loro viejo no aprende idiomas”, me suele recordar Alberto Vázquez-Figueroa. Posiblemente sería suficiente para enmendar el incívico comportamiento con que algún agente de la autoridad denunciase al que tira basura —mismamente una colilla— a una vía pública para que la autoridad correspondiente le endosara 1.000 euros de multa. Cantidad abonable, en el caso de que el sujeto carezca de recursos monetarios, con unos cuantos fines de semana de trabajos comunitarios; verbigracia, barriendo calles y limpiando cunetas. Una medida de este tipo haría mucho más por fomentar el turismo en Tenerife —en toda Canarias; en todo el país— que cualquier campaña de promoción por ahí fuera y, además, le costaría muchísimo menos dinero al erario.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com