¿Acabaremos algún día con toda esta gentuza?

Realmente vivimos en un país de sinvergüenzas, de gente que no tiene principios éticos ni morales. Nuestra actual clase política es de una mediocridad humana que asusta y no me gusta generalizar, porque hay individuos que se dedican a la res con verdadera vocación de servicio social; pero son minoría, porque, si no, parece incomprensible que un día sí y otro también salgan a la luz casos delictivos de hondo calado.

En los últimos tiempos, y en prácticamente toda la geografía española, han aparecido asuntos muy feos, descubiertos demasiado tarde y juzgados aún todavía más tarde, por lo que en los países vecinos y en el mundo entero miran a nuestro país como el más corrupto de los llamados territorios “avanzados”. Porque los escándalos salpican a prácticamente todas las fuerzas políticas parlamentarias, aunque especialmente al Partido Popular (la gente razonable no entiende cómo Mariano Rajoy no se ha ido por vergüenza torera, por permitir esta debacle o no haberse enterado de la misa la media) en algunas regiones como Baleares, Valencia y de manera notoria en la Comunidad de Madrid; y también al PSOE, sobre todo en Andalucía, con asuntos como los planes de empleo rural (ERE) y el relacionado con las cuentas de Merca Sevilla, entre otros.

También es sorprendente la actitud delictiva de determinados empresarios, como Díaz Ferrán y sus desfalcos en agencias de viajes o la utilización indebida de algunos otros patronos respecto a las tarjetas “black” de CajaMadrid. Pero más aún me ha sorprendido, si cabe, el fraude detectado por una empresa cárnica de Castilla y León, que comercializaba unas supuestas albóndigas ultra congeladas de carne de ternera y lo menos que tenían era eso, vacuno, y sí mucha sobra de porcino, soja y otros desechos alimenticios. Como para fiarse de algunas sociedades mercantiles españolas que se encargan de elaborar productos para el consumo humano.

Estos delincuentes empresariales y políticos ya no tienen un calificativo concreto, porque son truhanes (personas que viven de engaños y de estafas), ruines (son despreciables, por cometer malas acciones con falsedad, hipocresía, atrición o engaño) e igual podríamos llamarlos, acudiendo al diccionario de la Real Academia, bellacos, bribones, pícaros, granujas, pillos, canallas o rufianes (hombres sin honor, perversos y despreciables).

Todo este rebaño de individuos no conocen –ni creo que hayan conocido nunca– la honestidad, la honradez, el decoro, el pudor, la dignidad, el respeto hacia los demás, ni mucho menos la honorabilidad, cualidad esta última que se le ha arrancado a Jordi Pujol, el ex presidente de la Generalidad de Cataluña por haber metido las dos manos (y algo más) a saco en la lata del gofio calentito, recién salido del molino (y no rojo, precisamente).

Ya dijo el profesor Tierno Galván (que en paz descanse) en su día que los políticos (y algunos empresarios, añade quien esto escribe) deberían tener los bolsillos transparentes, de cristal. Si el catedrático socialista resucitase y observara lo que está sucediendo, volvería a fallecer “ipso facto” por tanta desvergüenza reinante, que le atravesaría cual afilada daga el centro de su corazón. ¿Acabaremos algún día con toda esta gentuza?

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com