Tatuajes y piercings, ¿para qué?

Las modas juveniles siempre son polémicas, porque muchas veces constituyen simplemente tendencias sociales, que se ponen en práctica durante cierto período de tiempo, por aquello del “culo veo, culo quiero”. Terminan por irse con el paso de los meses (o de los años), para volver algunos decenios después. Como ocurre con la ropa y muchas aficiones humanas.

En los años sesenta del pasado siglo estaba hasta bien visto que los jóvenes fueran pacifistas, tranquilos, antibelicistas y se dejaran crecer el pelo, a pesar de que muchos de nuestros padres se mostrasen contrariados y no ocultaran su enfado “por esas greñas”. Greñas que eran un sello de identidad de los grupos musicales de aquel decenio y hasta un estandarte de conjuntos tan famosos como “Los Beatles”.

Esa curiosa costumbre la cortaba de raíz el Ejército español, cuando éramos llamados a cumplir el obligatorio servicio militar, y los barberos  militares dejaban a los jóvenes de entonces pelados al cero, nada más pisar el cuartel. Y sin rechistar lo más mínimo, porque todos sabemos (o sabíamos en aquella época los reclutas) lo estricta que es la disciplina castrense.

Ahora, desde hace unos cuantos años, una de las modas juveniles consiste en tatuarse con tinta diversas partes del cuerpo y poner diversos anillos y aretes en las cejas, en las orejas, en la nariz, en el ombligo, en los pezones e incluso en otras partes más íntimas, como los labios vaginales, el clítoris o en el glande del pene.

No soy quién, desde luego, para criticar estas novedosas tendencias, pero tanto los tatuajes como los piercings me parecen horrorosos, son antiestéticos, antihigiénicos –y puntos potencialmente infecciosos —según fuentes médicas– y, en realidad, no aportan nada. Ningún placer irresistible a quienes los llevan, pero allá cada cual con sus gustos y preferencias.
Lo peor del caso es que, si más tarde, esta juventud se arrepiente de dichas prácticas, debe saber que, respecto a los tatuajes, son difíciles de quitar y que el proceso de “borrado” es mucho más peligroso y doloroso de lo que dicen los profesionales del tatuaje.

De todas formas, a mí no me queda más remedio que intentar convencer a los indecisos para que no se tatúen, porque esa práctica tiene consecuencias negativas, tanto en el pleno sanitario, como en el laboral y social. De momento.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com