Zoido y Zoilo

De puro milagro no fui elegido ministro del Interior en los últimos nombramientos del Partido Popular, cosa  que, por otro lado, me alegra sobremanera pues la decisión de Rajoy me pasó –como quién dice– peligrosamente rozando; y todo ello por culpa de una sencilla consonante que a mi nombre, menos mal, no le corresponde; la tercera de nuestro abecedario. Si en lugar de “D” hubiera sido “L” otro gallo, seguramente para mi perjuicio, me hubiera cantado. Con todo lo que ello hubiera significado además para mi moral, de la que sí me atrevo a calificar, hoy por hoy, a diferencia de otros, de intachable. Me estoy refiriendo a la del provinciano ministro del interior Zoido.

Desde que fue nombrado ministro, en todo momento tuve la desagradable impresión de que el señor Zoido venía de muy lejos. Me he dado cuenta de que las muchas veces que es citado por su partido, o cuando habitualmente se reúne en los distintos actos programados por su Gobierno, la oposición o la prensa, siempre parece que acaba de llegar de algún lugar muy remoto, con un talante propio de los que han recorrido muchos kilómetros en tren de vapor, intentando llegar a tiempo a la cita prevista con antelación. Como si España tuviera más extensión de la que en realidad tiene y él se presentara desde sus mismos confines.

Pero, a pesar de la que le está cayendo encima a su ministerio en esta legislatura, en su cara no deja de dibujarse siempre una sempiterna expresión de “yo no fui” que no sólo me sorprende sino que tampoco me parece en absoluto creíble; y que, además, contrasta radicalmente con las serias acusaciones vertidas por los distintos medios de comunicación  que tanto le afectan personalmente y que mucho pesan también sobre sus jóvenes subordinados, sospechosos algunos de los supuestos delitos de revelación de secretos.

Este nuevo delfín de Zoido, el secretario de Estado de Seguridad, José Antonio Nieto, ha puesto en un serio aprieto a su mentor y le ha obligado a acudir de nuevo, con su expresión habitual de “yo no fui”, desde muy lejos, simplemente para intentar sacarle las castañas del fuego al novato, acusado de una reunión mantenida en secreto con Pablo González, imputado por su participación en la llamada “Operación Lezo”, aun cuando todavía no se habían extinguido del todo las brasas de aquellas otras castañas que también hubo de sacarle del fuego al director de tráfico, Gregorio Serrano, por aquel otro conflicto anterior sobre la extraña y oscura adjudicación de un hermoso piso perteneciente a la Guardia Civil.

Cuando un presidente de Gobierno nombra a alguien como ministro, precisamente de Interior, para que éste actúe exclusivamente de acuerdo a unas determinadas estrategias de partido sospechosas, pasa lo que pasa, y no vale sólo con poner, como ya he señalado antes, cara de “yo no fui”, sino que, si se confirmara la hipótesis de haber sido elegido por esa razón, lo mejor y más sensato sería presentar la dimisión. ¡Vamos, digo yo!, como Zoilo que me llamo.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com