Fabricantes de problemas

La depresión es un problema de los países ricos. Es decir, un problema de los países que no tienen problemas. Cuando ando por Marruecos, por Mauritania, por el África subsahariana o por las regiones más pobres de Sudamérica, rara vez encuentro gente deprimida. Gente hambrienta, sí; personas, arrojadas desde siempre a la miseria, demasiado ocupadas con la ingente tarea de sobrevivir cada día para disponer de ese tiempo adicional indispensable para deprimirse.

España es un país con bastantes problemas. No tantos como esas naciones paupérrimas que citaba unas líneas atrás, no saquemos el asunto de quicio, pero sí los suficientes para evitar la tentación de la idiotez. No ya en la tontería de la depresión —dolencia, insisto, que se inventan los ricos y los desocupados—, porque aquí, la verdad sea dicha, mientras haya fútbol y jolgorio pocos deprimidos ve uno por la calle, sino en esa necedad todavía mayor de complicarse uno la vida sin necesidad. Por ejemplo, jugar a fraccionar un partido indispensable —el PSOE— o, peor aún, a romper el Estado con bravatas independentistas.

Con respecto al PSOE, algunos siguen sin entender que vivimos en una economía de mercado globalizada. En este mundo actual, y no hay otro ni posibilidad de que exista otro —utopías aparte—, el papel de la socialdemocracia no es, no puede ser, ir contra el sistema por sistema. No puede ser el empecinamiento del “no es no” y al PP ni agua. La función del socialismo moderno es evitar que el capitalismo arrase unos derechos laborales que tanto les ha costado conseguir a los sindicatos —me refiero a los auténticos sindicatos— durante dos siglos de lucha no siempre incruenta. Ha triunfado en el PSOE, empero, la facción más dura de este partido. La de aquellos que están dispuestos a quedarse ciegos con tal de dejar tuerto a Rajoy. La de quienes consideran que lo importante no es que las clases sociales menos favorecidas estén mejor o peor —a Pedro Sánchez los trabajadores de este país le importan muy poco; lo que le incumbe es su liderazgo, su poltrona—, sino que no gobierne la derecha cueste lo que cueste.

El otro tema es la secesión de Cataluña. La pregunta es hasta cuándo va a seguir impasible el Ejecutivo de Rajoy ante tanto desafío. Hasta cuándo van a seguir los parlamentarios del Congreso y el Senado limitándose a quejarse de que los independentistas conculcan la “legalidad vigente”. Por mucho menos ya hubiesen detenido —y enchiquerado— a cualquier hijo de vecino, aunque ya se sabe que en este país la forma de proceder siempre ha sido la misma: mano dura con el débil y cobardía ante el fuerte, pese a que no veo por  ninguna parte la fortaleza de un puñado de vividores de la política que le están arruinando la vida presente y futura a muchísimos catalanes.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com