Las primarias

Las primarias del PSOE han servido para comprobar que dos principios por los que parece regirse el mundo en los últimos tiempos son verdades incuestionables. La primera regla es el descrédito de los sondeos, que son incapaces de adelantar la llegada de lo no deseable, como ha ocurrido con el Brexit y la elección de Donald Trump. La segunda es el cumplimiento exacto de la ley de Murphy. “Si algo puede salir mal, probablemente saldrá mal”. Estas dos premisas están fatalmente interrelacionadas, porque el anuncio de un peligro hace que el encuestado tienda a responder intentando protegerse de él, pero esto no es suficiente para que lo que temía acabe pasando.

A pesar de que esto sea así, al tratarse de la aplicación de un procedimiento democrático es difícil argumentar sobre la existencia de extrañas influencias que mermen la legitimidad de los resultados. Las cosas son como son, para nuestra desgracia o nuestro gozo, porque el que gana siempre estará tan satisfecho como decepcionado el que pierde. En el caso de las primarias nos encontramos con que las alarmas se presentan en un nivel externo a la consulta, porque, al fin y al cabo, lo que resulte de una elección restringida también le va a afectar a los que no intervienen en ella. En esto los pacientes espectadores sienten la indefensión de tener que tragarse lo que otros deciden. Siempre les quedará el consuelo de rectificar con su voto, cuando toque, aquello en lo que no tuvieron la oportunidad de intervenir, aunque siga siendo cierto que podrían haberse manifestado por una opción con mayor comodidad si el candidato hubiera sido el que esperaban desde el primer momento. En este caso las primarias tienen ese aspecto de parcialidad donde una minoría trata de imponer un trágala a lo que van a ser millones de electores.

Las cosas son así y no se pueden cambiar. Además, manifestarse en contra de un acto puramente democrático puede considerarse algo políticamente incorrecto, a pesar de lo relativo que este hecho puede resultar en función de hacia qué lado de tus preferencias se ha decantado la consulta. Por ejemplo, es aceptable pronunciarse en contra de lo ocurrido en USA y decir que el pueblo se equivocó eligiendo a Donald Trump, pero no lo es haciendo la crítica a los comicios socialistas.

No ha transcurrido una semana y ya sabemos cuáles son las pretensiones de Pedro Sánchez. Insiste en ese concepto difuso de nación de naciones, en el que pretende colar una interpretación muy laxa del proyecto federalista que aprobó su partido en Granada. En realidad, quiere establecer un marco ideológico que le permita cruzar el Mississippi, soltarse de las amarras que le impedían celebrar los pactos contra natura para ser presidente con ese gran acuerdo de progreso que siempre ha proclamado. Es una interpretación correcta del marxismo de Groucho: “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”. Su posición de ganador le va a permitir formar un Comité Federal a su conveniencia desde donde crear el ambiente adecuado para la negociación. No va a coser los rotos de su partido. Eso lo tendrían que haber hecho los otros en el caso de que hubieran ganado. Está dispuesto a seguir adelante con su ambicioso proyecto personal. Los demás se quedarán quietos, anonadados después del mazazo que han recibido. Ahora no habrá prensa que se atreva a chistarle. Sólo queda que se convoquen elecciones para que el electorado lo ponga en el lugar que corresponde; igual que ha pasado en Francia, Holanda, y otros lugares de Europa. Aquí no cabe decir que eso no nos pasará porque somos más del sur. Esa orientación geográfica relativa, aplicada a nuestro país, nos indica que las cosas han ocurrido al revés.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com