Cuando Caracas era Caracas

  • Hubo un tiempo en que Venezuela era un estado de derecho, en donde se podía pasear por sus calles con muy poco peligro

Hubo un tiempo en que Caracas era Caracas, que Venezuela era un estado de derecho y que la morgue de Bello Monte no registraba las terribles cifras de muertos violentos de cada semana (una media de casi 300). Siempre dije que si me perdía alguna vez me encontrarían en Caracas. Ya no, ya no quiero ir a Caracas y muchos de mis amigos se han marchado de la ciudad, porque allí no hay quien viva. Están en Miami, en Panamá o en cualquier parte que no los atraquen o los maten.

La estatua de Rómulo, en el barrio orotavense de El Farrobo, está casi siempre sin la pipa.

Cuando Venezuela era una democracia, vivir en Caracas era una delicia. Podías comprar bolívares de plata en el bulevar de Sabana Grande, paseando libremente, por la tarde; podías salir a la calle con ciertas precauciones; podías viajar a cualquier parte del país, en avión privado, desde La Carlota; y, si salías de la ciudad, podías transitar por las autopistas sin  que te pararan para robarte y asesinarte y podías pasear por las calles de Porlamar (capital de Isla Margarita), entrar en sus nutridos comercios, comprar las bebidas que te diera la gana y la mejor ropa de marca. Esa Venezuela se la cargó el chavismo y los venezolanos humildes viven también peor que antes. Mucho peor.

La elite venezolana ya no está. Algunos nostálgicos se han quedado, pero la mayoría se ha ido fuera con sus negocios. El país está empobrecido, tirando del dinero del petróleo porque las empresas ya no dan más de sí. El desabastecimiento es tercermundista y el funcionamiento del Estado, también. Venezuela se permite regalar petróleo a países amigos, como la Cuba de los Castro, a cambio de nada. Sin contrapartidas o con contrapartidas disfrazadas de médicos que no son médicos y que practican una medicina dudosa en las ciudades y los pueblos de Venezuela. Esto no es serio.

Yo echo de menos aquellas tardes del Tamanaco Intercontinental, lleno de bellas mujeres; añoro restaurantes como “Le Gourmet”, en el propio hotel, y a otros como el “Aventino”, el “Gazebo” y algunos más. El barrio de Las Mercedes, cercano al hotel, era un paraíso de asadores con una carne extraordinaria y un servicio magnífico. Mis amigos hacían fiestas en sus casas sin miedo a que robaran los automóviles de los invitados o a que los atacaran al salir de esas celebraciones. También añoro las tertulias en el “Urrutia”, los partidos de fútbol por la gran pantalla del restaurante, regados con “Luis Cañas” y rematados con el “Buchanam´s” de 18 años, que allí sabe mejor que en cualquier parte.

Hoy, los venezolanos que tienen algo que perder, que todavía son muchos, usan coches blindados y están en sus casas a las seis de la tarde. Viven en pequeñas fortalezas y en barrios cerrados a los extraños, si es que éstos no logran sobornar a los guardianes. Caracas es una de las ciudades más peligrosas del mundo, ¿cómo voy a seguir diciendo que si me pierdo me encuentren allí? Ni de coña.

Carlos Andrés Pérez, el Gocho, uno de los políticos más hábiles de la historia de Venezuela.

Recuerdo mis excursiones al Valle del Galipán, subiendo en el teleférico del Ávila, dejando atrás la Cota Mil. Allí hay restaurantes vascos, alguno de sus dueños perseguido por la justicia española por delitos terroristas. La vista de Caracas desde el Ávila es hermosa, a cualquier hora del día y de la noche. Recuerdo el río Guaire, que no está precisamente limpio a su paso por la ciudad y las avenidas llenas de coches, con un olor especial; los aditivos de la gasolina aportan un olor característico a Caracas, desde que sales del terminal de Maiquetía. El sabor se lo pone el carácter alegre de los venezolanos, gentes que se conforman con poco. Un país que fue la tierra de promisión para los canarios.

Lamentablemente, todo ha cambiado para mal. La gente no sale de noche, muchos restaurantes cierran tras la sobremesa. En cualquier esquina pueden acecharte para matarte y el crimen quedará impune. La policía está corrompida. Sólo los militares de alto rango viven bien, colocados por el chavismo, con los economatos llenos a unos precios de risa y con unas prebendas que ningún régimen dio a la Fuerza Armada.

Añoro los periódicos tradicionales, “El Nacional”, “El Universal”; y otros como aquel “Diario de Caracas” que quería imitar a “El País”. Periódicos con abundancia de papel. O “Tal Cual”, de mi admirado Teodoro Petkoff, guerrillero y periodista. Patriota. Recuerdo a su suegro, don Luis Pastori, que presidió la Academia Venezolana de la Lengua y que era un gran conversador, siempre con un whisky al lado. Y un grandísimo poeta (Ansón lo menciona en su antología de las mejores poesías españolas).

Si yo fuera un maleducado diría que en la Venezuela de entonces podía uno limpiarse el culo y no como ahora, que ni siquiera puedes encontrar papel higiénico en los supermercados, ni artículos de primer necesidad. Entonces tampoco la gente moría, por agresiones, por un puesto en la cola del abasto. ¿Qué les ha pasado a los venezolanos?

Y añoro las elecciones libres; viví algunas en vivo y en directo: la gente votaba civilizadamente y no se hacían trampas, como ahora, con un Consejo Nacional Electoral partidista y parcial, por tanto. Viví los chismes de concubinas de los presidentes, que mandaban más que ellos y que daban la cara por ellos. Las queridas de Carlos Andrés, de Jaime Lusinchi.

El hotel “Tamanaco” se construyó en tiempos de Pérez Jiménez.

Añoro también los discursos solemnes de Caldera y las salidas de tono de Rómulo, el padre de la moderna democracia venezolana. Yo conocí a Rómulo Betancourt en el bar “Atlántico”, en Santa Cruz, cuando regresaba del exilio, en barco, hacia su país. Lo entrevisté para “La Tarde”: “Estoy contento” –me dijo—“porque Venezuela vive en democracia y en libertad”. Luego lo saludé alguna que otra vez, en el barrio del Farrobo, en La Orotava, donde tiene una estatua que a cada momento le maman la pipa.

Nostalgia de Caracas, eso es lo que tengo. Nostalgia de un tiempo pasado, que fue mejor; nostalgia de tantos amigos que dejé atrás, de algunas novias no olvidadas del todo y de muchas aventuras que, por qué no, un día les contaré en cualquier lectura de verano.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com