La presencia del mago

No sin cierta frecuencia suele aparecer en la prensa escrita canaria  –cosa que no me parece justa– taimadas y comprometidas alusiones a la entrañable figura que para mí, todavía hoy, representa el “mago” en el seno de la cultura popular de las islas: y a quien tanto le debemos por su total compromiso y entrega con la propia Naturaleza y con los frutos que con su arduo trabajo diario ésta le proporciona siempre para ponerlos luego a nuestra entera y exigente disposición, a pesar de los rapaces intermediarios, en los distintos mercados de nuestros pueblos insulares. No habría que olvidar que la palabra Cultura, con mayúscula, proviene etimológicamente, de aquella otra que es, también con mayúscula, Agricultura y que en el penoso ejercicio de esta última, el “mago” sí que es considerado un hacha.

En consecuencia, y a mi juicio, la figura del “mago” se yergue, mal que nos pese pero en justa medida, en eficaz representación de una de nuestras distintas señas de identidad canarias, señas de nuestra propia idiosincrasia insular y, por lo tanto, su supuesta tozudez, recelo, desconfianza y desconocimiento frente a todo lo que el resto cree elemental se encuentra irremisiblemente vinculado al genuino sentido común activado, con el que el hombre del campo se enfrenta a la propia naturaleza y con el que afronta, además, los retos y requisitos planteados por aquellos otros supuestos adalides de la llamada, con mayúscula, Cultura.

Cuando éramos niños, el “mago” siempre nos pillaba. Aparecía de pronto, sigilosamente, entre el maizal o de detrás del tronco de una esbelta higuera y siempre, por sorpresa, nos cogía con las manos en la masa. En las raras ocasiones en que no conseguía atraparnos, solía gritar: “¡Ya sé de quién eres!”.

Personalmente, yo sólo conocí a un “mago”. Se llamaba Ismael y junto a su hermana María (de unos cincuenta años ambos) se cuidaba en La Cuesta de una hectárea aproximada de huerta, de un par de vacas que daban una riquísima leche y de un espléndido buey que tiraba afanoso de un rudimentario arado con el que Ismael labraba el campo cuando tocaba. Ambos trabajaban de sol a sol pero, allá al atardecer, a Ismael le sobraba tiempo suficiente para ponerse al día leyendo en silencio los periódicos locales e interesándose vivamente en sus tertulias con doña Julia, la “cubana”, así llamada por la marcha prometedora de la revolución en ciernes de Castro en Cuba. Corrían los años cincuenta del pasado siglo XX y, efectivamente, Ismael reunía todas las características típicas y tópicas atribuibles a un “mago” que se precie citadas anteriormente pero, además de eso, resultaba ser siempre del todo entrañable, amable, juicioso, honesto y, por si fuera poco, bien documentado.

Nunca supe a ciencia cierta, por no habérselo preguntado en su día, si aquellas fértiles tierras regadas copiosamente con el sudor de su frente eran de su exclusiva propiedad o si bien, como otros muchos, sólo era el “medianero” de otra gente acomodada que, casualmente, solía sudar muchísimo menos que él entonces pero, con toda seguridad, muchísimo más ambiciosa también. Fuere como fuere, me consta que Ismael se encontraba muy a gusto integrado en su trabajo, ejerciendo fielmente el papel que le correspondiera en aquellos duros años de dictadura como auténtico hombre de campo al que siempre y por desgracia tanto hemos denostado gratuitamente y sin razón aparente durante tantísimos años.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com