Una anécdota entrañable

Algunos lectores me dicen que soy bastante negativo en mis comentarios y que, a veces, transmito tristeza en mis artículos, aunque quizás desconozcan que tengo un gran sentido del humor y que me encanta vivir y disfrutar de los buenos momentos que también tiene nuestra existencia terrenal. En la que –al menos yo lo pienso así– hay que denunciar todo lo que esté mal y también disfrutar de los pequeños placeres, de momentos inolvidables, que son los que nos aportan granitos de felicidad para seguir caminando por este mundo; un mundo por otro lado tan injusto, tan insolidario, donde damos mucho más valor a los bienes materiales que a nuestro sentimientos.

Viene esto a cuento porque me acabo de acordar de una anécdota preciosa y entrañable, de la que fui testigo hace unos años y que se me quedó grabada en la memoria, de manera vitalicia.

Para no cansarles, amables lectores, trataré de contársela a ustedes en breves palabras. Hace unos años –como ya he indicado– acompañé a una querida mujer a un comercio de electrónica a comprar una serie de enchufes e interruptores para instalarlos en el piso que estaba reformando y al que se iba a mudar en breve, cuando concluyeran las obras
correspondientes.

Un empleado del comercio nos atendió muy amablemente y nos recomendó las mejores marcas y las más eficientes. Todo normal y nada extraño, hasta que esta mujer fue a pagar la factura y, ¡oh sorpresa!, se dio cuenta de que el dependiente (no sé si era el encargado de la empresa o tenía acciones en la misma), le había hecho una rebaja sustancial, en torno al veinticinco por ciento.

Luego, este amable comercial le comentó: “Le he hecho este descuento porque me acuerdo mucho de usted y con este detalle quiero agradecerle eternamente cómo atendió a mi difunta madre cuando usted trabajaba como auxiliar de clínica en… (no voy a citar el nombre del centro sanitario, por discreción) y se desvivió en cuidarle, porque personas así son un ejemplo para todo el mundo”.

A mí, sinceramente, se me erizaron los pelos y me emocioné, por ese pequeño pero inmenso detalle de este hombre hacia la persona que acompañé a comprar los enchufes. Fue, sencillamente, el detallazo de una persona agradecida. Dicen que ser agradecido es de personas bien nacidas. Y tanto que sí. Todavía quedan en este mundo, por suerte, gentes con nobles sentimientos.

pacopego@hotmail.com

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com