Un golpe de vida

Me he pasado estos últimos años sufriendo el cerco de lo políticamente correcto, ese cinturón sanitario que han logrado imponernos a los que tenemos la insolencia de pensar diferente. Algunas veces he escrito sobre el asunto y me han aplicado el correctivo de que lo que expresaba era justamente una incorrección. De esta forma he llegado a la conclusión de que estos temas son aspectos irreconciliables de la razón que han terminado refugiándose en un eufemismo para consagrar la existencia de una única verdad y que cualquier discrepancia deberá ser condenada al infierno de lo no aceptable.

Esta sarta de unanimidades se predica como un ejercicio de la democracia desde las plataformas donde ejercen sus propagandistas. Nada existe con mayor contraposición a la diversidad que propone ese sistema. Me ha comentado Juan Manuel García Ramos que demagogia y democracia tienen un mismo componente fonético y, además, una está carcomiendo a la otra de manera silenciosa. Estoy de acuerdo, pero no puedo admitir que el silencio sea cómplice de esa agresión porque parece no existir reparo a que sus altavoces se escuchen en todos los ámbitos y en los lugares más recónditos. Este ataque se produce a la luz del día, no necesita de la oscuridad y el sigilo, como hace el gusano que roe la madera, sino que se muestra de manera natural, sin pudor y a la vista de todos, que es donde halla la justificación plena para su fiabilidad. Cuánto más a las claras se presenta una mentira más creíble y rotunda se hará como verdad asumible por la generalidad. De esta forma viene investida por el poder de la masa que la consume y que la acepta.

¿Qué es lo políticamente correcto y quién pone en circulación estos principios inamovibles? No sería capaz de identificar una autoría individualizada porque todo lo que está destinado a un consumo masivo tiene un origen azaroso y misterioso. Sería como definir dónde están las claves del éxito, algo que ni los publicistas ni los sociólogos han sido capaces de descubrir. Pongamos que es más sencillo saber cuáles son los cauces para su propagación. Las autopistas tienen bien claros sus puntos de partida y de destino independientemente de los vehículos que circulen por ellas. Lo políticamente correcto se consagra a fuerza de una insistente repetición a través de medios con una enorme capacidad de penetración. Hoy disponemos de artilugios sofisticados para alcanzar estos fines. Existen también innumerables agentes con la persuasión necesaria para colonizar las opiniones de sus seguidores. En definitiva, no parece complicado implantar a lo políticamente correcto sin necesidad de hacer un análisis previo a la pertinencia de su contenido. Hasta ahora había pensado que este desasosiego en el que estoy inmerso no era más que una sensación personal, la incomprensión del mundo al que pertenezco sin haberme integrado demasiado en él; que formaba parte de mi inconformismo o mi inadaptación a las innovaciones de la nueva política y las ideas que vienen a relevar todo aquello en lo que creía; pero no, afortunadamente puedo comprobar que no estoy solo, y esta sensación que me transmite Juan Manuel me reconforta y me hace pensar que no todo está perdido.

A esto también me ha ayudado mucho la lectura del último libro de Juan Cruz, Un golpe de vida. Viene a participar de lo mismo, con lo cual puedo afirmar que ya somos unos pocos más los que formamos parte del grupo de los políticamente incorrectos. Espero, por el bien de todos, que sigamos creciendo. Las verdades absolutas no existen; ni siquiera esas en las que tanto creemos.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com