Tenerife, qué añoranza

  • “Sin haber pisado el suelo de Tenerife, yo ya me había enamorado de la isla”

(N. de la R.: Utilizamos el título de los famosos libros de Andrés Chaves, tomado además de una hermosa canción de Braulio, para trasladar a ustedes una crónica preciosa de nuestra colaboradora Helena Somervalli, que describe lo que vivieron sus padres y ella misma en el Tenerife de principios de los 60. Y acompañamos a la crónica con una serie de fotos tomadas por su familia en esa época. Realmente preciosas)

Vuelvo otra vez a los años 60 que nunca están muy lejos de mi mente. Esta vez es gracias a las viejas fotos de mi padre, algunas ahora digitalizadas. Mi padre ya no está con nosotros, pero a través de las fotos percibo esa sensación de maravilla que sentían mis progenitores cuando por primera vez llegaron a la isla.

Los inviernos en Finlandia suelen ser muy duros, con luz de día apenas unas pocas horas, un frío de muchos grados bajo cero, mucha nieve y el mar y los lagos con una gruesa capa de hielo. Un día de un invierno muy frío, en el año 1961, mi tío vio un anuncio en el diario sobre un viaje chárter a Tenerife. Junto con su mujer y mis padres  decidieron viajar a aquella isla lejana, desconocida en mi país.

Mis padres y mis tíos tenían una gran ilusión de poder disfrutar de sol, playa y clima de verano en medio del invierno. Cuando volvieron de su viaje de dos semanas, casi no parecían los mismos. Esa piel morena contrastaba con la palidez del resto de los habitantes en nuestra pequeña ciudad y levantaba miradas curiosas de los demás.

Mi tío tenía una cámara de película estrecha y le gustaba grabar. Parte de sus grabaciones se han podido ver en la Televisión Canaria, en la serie Memoria de un Archipiélago, de tanto éxito. Mi padre llevaba siempre consigo una cámara fotográfica y tomaba cientos de fotos, diapositivas, que hoy en día son un tesoro.

Aquel primer viaje empezó en el aeropuerto pequeño de Helsinki, en un avión de hélices. El vuelo duró dos días y los llevó de Helsinki a Copenhague, de Copenhague a Frankfurt y de Frankfurt a Madrid, donde pernoctaron. En Madrid salieron por la noche y vieron el impresionante desfile religioso de la Semana Santa. En Finlandia no se ven procesiones religiosas. Al día siguiente volaron de Madrid a Las Palmas de Gran Canaria y de allí, por fin, a Los Rodeos, en Tenerife, en un avión muy pequeño (posiblemente un DC-3).

Una guagua los llevó a hotel Tenerife-Playa, en el Puerto de la Cruz, y casi no daban crédito al calor que los envolvía ese día tan soleado en una isla en medio del Océano Atlántico con su horizonte sin fin.

Las primeras imágenes en las grabaciones y en las fotos son de las olas enormes que se rompen en espuma entre las rocas negras de la Playa de Martiánez. Nunca antes habían visto ellos rocas tan negras ni arena negra. Alzando la vista divisaron lo más impactante, el Teide, el volcán. En Finlandia no hay volcanes. Todo aquello parecía para estos finlandeses, llegados del frío del invierno nórdico, un sueño maravilloso.

Los ojos de mis familiares se fijaron en tantas imágenes fascinantes; burros andando por las calles, cargados con diferentes productos; callejones pintorescos y estrechos, donde las puertas de muchos hogares daban directamente a la calle; niños preciosos con sus abundantes cabellos morenos y grandes ojos negros; mujeres caminando con las cestas llenas sobre la cabeza; las flores; las plantaciones de plátano en el Valle de La Orotava. En Finlandia no hay plataneras. Toda la naturaleza tan colorida y exuberante contrastaba con la naturaleza blanca/negra del invierno en su país.

Algunos días, mi madre y su cuñada se tumbaron en la arena y les hacía gracia notar las miradas de asombro de los isleños, como si hubieran pensado: “Están locas esas turistas”. Por su parte, a mi madre y mi tía les pareció curioso ver las señoras mayores vestidas de negro de pies a cabeza, en lo que ellas consideraban un clima de verano.

Mi padre era un gran aficionado a la pesca y se hizo amigo de Federico, un pescador del Puerto, que solía llevar a los turistas alemanes en su barco. Mi padre nunca pescó nada, pero en una foto aparece, feliz, con un pulpo en la mano, entregado por un chico en bañador. Otro exotismo más para mis familiares que en sus vidas habían visto pulpos o calamares.

Cerca del muelle había un pequeño y humilde chiringuito con paredes de caña y el techo de chapa. El dueño asaba sardinas y las vendía junto con bebidas a precios muy bajos, principalmente a los pescadores. Allí mis familiares disfrutaron de algún vinito o cortado hasta que un día una ola grande se llevó el chiringuito, que desapareció para siempre.

Los cuatro volvieron varios años seguidos a Tenerife y creo que fue en 1962 cuando llegaron durante los carnavales –o fiestas de invierno– en el Puerto de la Cruz. Otra experiencia muy exótica. En nuestro país no existía ni existe nada similar. La alegría, el abandono a la fantasía y al atrevimiento, la música, todo les fascinaba.

Hombres disfrazados de mujeres y viceversa hubiera sido una cosa impensable en nuestras vidas tan rígidas, donde nadie quiere hacer el ridículo. Hoy los finlandeses están un poco más sueltos. Una “señorita” invitó a mi padre a bailar, pero de pronto mi padre se dio cuenta de que la señorita era un señorito. Una anécdota más a contar a los amigos en Finlandia.

En una guagua con una guía sueca hicieron varias excursiones a diferentes rincones de Tenerife. Las estrechas carreteras no estaban asfaltadas y no había ningún tipo de quitamiedos.

Las curvas cerradas y las subidas empinadas les llenaron de vértigo y para calmar los nervios había que tomar un trago de brandy de vez en cuando. Llegaron arriba, a Las Cañadas, con su sorprendente paisaje lunar, intacto, bello, diferente, con el majestuoso Teide que lo dominaba todo.

Allí, en El Portillo, don Julián tenía un guachinche, donde hoy está el centro turístico. En la brasa ardía un tronco enorme y en una olla un guiso de cabra estaba hirviendo, a fuego lento. Don Julián levantó un botijo y con perfecta puntería el chorro de agua fresca alcanzó su boca. ¡Qué curiosidad! En Finlandia se bebe en vasos. Las formaciones de las rocas en aquel paisaje, el silencio, la tranquilidad, la inmensidad, pero sobre todo el Teide, les impresionaron de una manera inolvidable.

Continuaron su excursión hacia el Sur y cuando llegaron a Vilaflor hicieron un alto. Tomaron fotos de un agricultor con un camello arrastrando el arado y otro con una vaca. Otro exotismo más nunca antes visto. El aire tan limpio, el olor seco que desprendían los pinos, la tranquilidad, las casas tan humildes y coquetas, todo esto le gustó tanto a mi madre que le dijo a mi padre: “Aquí quisiera vivir”.

Siempre, cuando pasamos por Vilaflor, mi madre se acuerda de esa primera visita y su deseo de vivir allí.  La guía comentó que la carretera seguía hasta un pequeño pueblo de pescadores, Los Cristianos, pero que era tan mala que no valía la pena ir allí. Continuaron hacia El Médano y en Chayofa repostaron en la gasolinera pequeña de Shell que aún sigue allí, sin funcionar.

No sabía mi madre que decenas de años más tarde pasaría sus inviernos muy cerca de esa gasolinera. Luego, en Finlandia, nosotros, los hijos, sólo podíamos admirar lo que habían visto en las fotos de mi padre y las grabaciones de mi tío. Pero sin haber pisado el suelo de Tenerife, yo ya me había enamorado de la isla.

No paraban de alabar la amabilidad, la hospitalidad y la generosidad de los tinerfeños, siempre dispuestos a ayudar y dar consejos.Casi nadie hablaba inglés y mis familiares no hablaban español, pero la amabilidad y buena voluntad de los isleños, junto con el lenguaje corporal por ambas partes, fue suficiente para entenderse. Las dos únicas experiencias que no les gustaron mucho –mi madre se tapaba los ojos– fueron una riña de gallos y una corrida de toros en Santa Cruz.

En el año 1965 vinimos las dos familias enteras a pasar las Navidades en el hotel Tenerife Playa. Yo viajé desde Madrid, donde había aprendido a hablar español con bastante soltura. Estaba impaciente por ver a mi familia que ya se encontraba en el hotel, pero en la guagua, de madera, empezaron de repente las llamas a salir del suelo en mitad del viaje y los pasajeros tuvimos que bajarnos y esperar por otra guagua. Llegué, al final, al hotel y la felicidad que sentí al encontrarme con mi familia fue grande. Hacía unos siete meses que no los había visto y la única forma de tener contacto en aquellos tiempos fue a través de cartas tradicionales. Pedir una conferencia telefónica a mi país costaba un dinero que no tenía.

Este viaje cambió el rumbo de mi vida. Yo había pasado mucho frío en Madrid y el calor en Tenerife, el sol, que es mucho más intenso que en el mejor de nuestros veranos, las playas con su fascinante arena negra, el inmenso mar azul, las piscinas, las flores de mil colores, los días tan largos y luminosos, todo lo que unos años antes había cautivado a mis padres y mis tíos, ahora lo vivía yo en primera persona y estaba perdidamente enamorada de la isla. Me quedé aquí trabajando durante unos meses hasta volver a mi país natal.

Bar La Rueda fue el lugar preferido de muchos jóvenes, regentado por dos holandeses. Uno de ellos me llevó un día en su Ford descapotable, por primera vez, al Teide y me quedé, sencillamente, sin palabras. Otro día me llevó a Los Cristianos, con su playa de arena blanca y barcos de pesca. No recuerdo haber escuchado en aquellos días mucho folklore canario, pero había una isa que se quedó grabada en mi memoria para siempre: “Esta noche no alumbra/la farola del mar”.

Las vueltas de mi vida me llevaron a Portugal, Barcelona, Finlandia y Suecia antes de finalmente devolverme a Tenerife junto con mi marido sueco hace unos veinte años. Mi padre falleció en 2001 y mi madre tiene hoy 92 años. Ella, aún con su movilidad reducida, disfruta enormemente de la isla que adora desde siempre. A menudo salimos de paseo en coche y en Las Cañadas ella suele decir: “Subir al Teide es, cada vez, una experiencia única; en cada ocasión veo algo diferente, algo nuevo y me siento una parte del infinito. El Teide es especial”.

Los viajes siempre han fascinado a la gente, pero no siempre estaban al alcance de todos. A partir de los años 60 los vuelos chárter acercaban a más turistas a las islas. Si antes los viajes a países lejanos fueron casi utópicos para la mayoría de los finlandeses, dos hechos posibilitaban a la clase trabajadora a viajar: vacaciones más largas y vuelos a precios más asequibles.

Un anuncio de 1967 decía “Ya no tienes que ser rico para poder gozar de vacaciones lujosas”. En Finlandia, el monopolio del Estado determina dónde y cuándo puedes comprar tu bebida alcohólica y los precios están por las nubes. Esta restricción a menudo desembocaba en borracheras y el consiguiente comportamiento no deseado de los finlandeses en destinos como Canarias, donde la cultura de la bebida es diferente. En las famosas  “fiestas del cochino”, organizadas para los turistas hasta hace unos diez años, creo que las generosas cantidades de vino o sangría atraían más que la propia carne.

¿Nostalgia? Sí. Viajar ya no es tan emocionante y exótico como antes. La televisión y el internet te enseñan cualquier rincón del mundo; casi nada es nuevo y desconocido y con el móvil te conectas con los tuyos en cualquier lugar, a cualquier hora.

Cuando yo salí sola de Finlandia, hace casi cincuenta años, una chica joven, para trabajar en Madrid, vine de un mundo pequeño, seguro y familiar para meterme en una aventura apasionante, en un mundo desconocido y “mucho más grande” que el de hoy.

Llegué a un país extraño, con una cultura diferente, una religión para mi desconocida, costumbres diferentes y exóticas, un idioma que apenas hablaba. Aterricé en el aeropuerto de Barajas llena de nervios, pero también de una gran ilusión; no sabía qué me deparaba el destino. Nunca me he arrepentido.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com