Mi querido transistor

Puede parecer una tontería, una estúpida idiotez, pero he de confesarles que le tengo un cariño especial a mi viejo transistor de radio, que me acompaña a diario desde hace muchos años y que me tiene al tanto, durante al menos seis horas al día, de lo que pasa en este mundo, el cercano, el lejano y el circunstancial.

Si alguien lo cambiase de su sitio, en mi mesa de trabajo, junto al ordenador, lo echaría inmediatamente de menos. El pequeño aparatito, de la marca japonesa “Sanyo”, lo compré hace bastante tiempo en un bazar hindú de la capital tinerfeña, no recuerdo ahora si fue en el antiguo y famoso establecimiento que tuvo la desaparecida “Maya”, en la calle San José.

Durante mi vida, he pasado dos pequeñas temporadas prácticamente aislado de la sociedad, completamente solo; la primera cuando me fui del domicilio conyugal y pedí el oportuno divorcio de mi primera mujer; y la segunda ocasión, en una etapa algo posterior, en la que atravesé un desierto vital.

Este transistor, aunque parezca mentira, siempre me ha acompañado por muchos sitios y muchas veces logré conciliar el sueño con la radio encendida, como arropando mi cuerpo en la cama. Una veces oyendo música de todos los tiempos y otras escuchando los cotidianos problemas de la gente. Oyentes que se desahogaban al amparo de la noche y en el anonimato de los micrófonos, con la gran Gemma Nierga, en aquel programa llamado “Hablar por hablar”, que emitía casi todas las madrugadas la cadena Ser.

La radio forma parte importante de mi vida, no sólo porque también he sido profesional del ramo en alguna que otra emisora, sino también porque representa, en mi humilde opinión, el medio de comunicación más fascinante que existe, por mucha razones.

Su inmediatez en la trasmisión de noticias y hechos, su frescura, su espontaneidad, sus voces, sus grandes profesionales (en nuestro país hay auténticos “bestias”) no son comparables con las cadenas de televisión o los periódicos impresos y digitales.

La radio es diáfana y, a la vez, misteriosa y encantadora. Cuando me levanto todas las mañanas, incluso antes de desayunar y de sentarme frente a la pantalla del ordenador, lo primero que hago es encender mi pequeño y querido transistor, que me hace compañía durante muchas horas diarias, como ya he escrito líneas más arriba.

No crean que me conformo con oír una sola emisora o algunos programas concretos. A cada rato, cambio de frecuencia. De vez en cuando oigo los informativos de la Autonómica (que barre y no se cansa de barrer diariamente para Las Palmas, qué pena) y los espacios matinales de la Cope Canarias y de Radio Club, sin prioridad alguna.

Y cuando escribo algunas líneas, como hago ahora, sigo oyendo el pequeño transistor, porque –aunque parezca increíble– me ayuda a concentrarme para poder expresar lo que estoy pensando.

Eso lo hacía, hace muchos años, el recordado Alfonso García-Ramos, uno de mis maestros en este oficio, que cada vez que escribía el “Pico de Águila” en su despacho de “La Tarde” oía varias emisoras a la vez por sendos aparatos que tenía encima de su desordenada mesa de director.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com