La guagua

A veces siento ganas de estar el suficiente tiempo fuera de Tenerife, e incluso de España, para que al regresar se hayan producido cambios significativos en nuestra cotidianidad. Algo tan simple, por ejemplo, como el hecho de que la secuencia de un semáforo, en una determinada calle de Santa Cruz, no sea la misma; que haya cambiado lo suficiente para que no me acuerde del momento preciso en el que le pongo el cambio al coche —o a la moto; más bien a la moto— para reiniciar la marcha. Preferiría, en cambio, que otros elementos o circunstancias permaneciesen tal cual los hubiese dejado tiempo atrás. Verbigracia, la vigencia de las empresas que generan y sostienen puestos de trabajo.

He estado un par de meses fuera —a lo sumo, yendo y viniendo, pero más allá que acá— en el entorno de Valencia, a cuenta de una aventura que ha concluido con una travesía en velero desde la llamada capital del Turia hasta Tenerife. Algo de lo que les hablaré —les doy mi palabra como se la he dado a Andrés Chaves, colega, compañero y amigo— en los próximos días. Ahora, por desgracia, toca comentar un sinsabor: el cierre de la autoescuela tinerfeña La Guagua; la mayor de España. No una de las más grandes del país sino, insisto, la mayor. Un centro que ha realizado una meritoria labor durante muchos años tanto en la formación de conductores —a mí me prepararon no sólo para aprobar el examen de moto; también me enseñaron a no matarme con una moto— como en la formación profesional. La razón de que Jesús Menéndez, el propietario y alma mater de La Guagua tire la toalla, es conocida pues se ha publicado en varios medios de comunicación: los retrasos en los exámenes provocados por la huelga de examinadores. “Al final, las reivindicaciones de unos funcionarios no afectan a la Administración, que es de quien dependen, sino a las autoescuelas”, me dijo anoche cuando hablé con él. “En la situación actual pueden sobrevivir empresas familiares con bajos costos y ajustados beneficios, pero no una empresa con una nómina como la nuestra”.

Podría entrar en pormenores sobre lo que está pasando en Tráfico —lo que lleva mucho tiempo sucediendo en Tráfico— pero no merece la pena porque del asunto, lo reitero, se ha informado cumplidamente. Lo esencial es hacer una reflexión general, aunque sea asumiendo de antemano todos los riesgos de cualquier generalización: en España los funcionarios de forma concreta —y la propia Administración en términos más amplios— no actúan para facilitarles las cosas a los ciudadanos y a las empresas; están para salvar sus puestos de trabajo. Para no tener conflictos con sus jefes y evitar que estos les amarguen la vida. Para que siga en marcha una descomunal máquina burocrática que asegure empleos públicos superfluos, pero convenientemente remunerados, a costa de triturarnos a todos con impuestos inasumibles. Se lo dijo a Menéndez una autoridad del sector: mi primer problema es resolver mis problemas, no los tuyos.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com