Bilbao, la ciudad reconvertida

  • Una urbe en la que se notan los impuestos que pagan los vascos y en la que da gusto vivir

Si hay un ejemplo de cambio ejemplar en la vida de una ciudad, esta ciudad se llama Bilbao. Los visitantes la describían como una urbe gris, triste y muy sombría, todo ello debido  a la presencia de su industria más significativa: los altos hornos.

El Guggenheim es el nuevo punto de encuentro para el turismo./ AIN

En la segunda mitad de la década de los setenta, la transición no solo se produjo políticamente, la industria bilbaína comenzó su declive y sus gobernantes tuvieron que afrontar un cambio de modelo económico que después de más de veinte años florece en la ciudad del Nervión. El único gris destacable que recibe al visitante, si accedemos a la villa por el puente de la Salve, es el Museo Guggenheim.

Nada más acceder al centro se descubre la dimensión estética y urbana que ha adquirido.  Sus calles comerciales están en permanente ebullición, sin importar que su clima les pueda sorprender con un aguacero o el típico sirimiri; los bilbaínos –como buenos vascos que son– van a lo suyo, a generar riqueza en su ciudad.

Aunque les pese a los intelectuales, el fútbol está de moda. Cada ciudad luce, orgullosa, el colorido de su equipo representativo, en este caso el Atlhetic Club, con sus colores rojo, blanco y negro. En las proximidades de San Mamés –La Catedral–, un barman me comentó que junto al Real Madrid y el Barcelona eran los únicos que habían disputado todas las ediciones de la Liga española.

La plaza sobre la que gira gran parte de la vida social y comercial de Bilbao es la de Don Federico Moyúa, en el centro de la ciudad y en el medio de la Gran Vía. Lleva el nombre del que está considerado como mejor alcalde e impulsor de infraestructuras que han perdurado en el tiempo.  En torno a esta enorme plaza elíptica se encuentra el hotel Carlton y el palacio de Chavarri, entre otros edificios monumentales.

Pasear por la Gran Vía de Don Diego López de Haro y sus aledaños es todo un lujo. En dirección al Casco Viejo nos encontramos con una calle eminentemente comercial con las franquicias más conocidas, El Corte Inglés, comercios tradicionales y lo más importante: sensación de seguridad en sus calles a todas horas.

Antes de adentrarnos en el Casco Viejo, totalmente peatonalizado, es obligatorio el paseo a orillas del Nervión. Tranvía, viandantes, deportistas y turistas aprovechan el entorno que la Villa ha ganado para sus ciudadanos. Tanto los de a pie como los navegados tuvimos el placer de ver entrenado a unos jóvenes de Deusto –eso decía su trainera–  en la ría, una imagen bucólica, pero agradecida.

El poteo en el Casco Viejo es siempre una sorpresa, no solo por los precios de los dichosos pintxos o el txakolí, también por lo que te puedes encontrar por la calles. ¿Quién dijo que los vascos eran aburridos? Un sábado por la tarde-noche es fácil tropezar con alguna cuadrilla dando a conocer su destreza como interpretes corales. Hay que ver como suenan esas calles peatonales con las voces graves y el chistu con el tambor. Todo un lujo.
Bilbao ha conseguido, en relativamente poco tiempo, convertirse en una ciudad amable con sus visitantes y en demostrar fehacientemente que los impuestos bien invertidos hacen felices a propios y extraños. A ver si tomamos nota.

 

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com