Salvador García Llanos

Resulta muy curioso comprobar cómo Salvador García Llanos y yo, a pesar de habernos conocido de vista en el Puerto, nunca, hasta que muchos años más tarde los medios de comunicación de masas como Internet y similares coparan las pantallas de nuestros respectivos ordenadores, tuvimos mejores oportunidades de ponernos en contacto directo para tratar de salvar aquella muda y estrecha distancia física que no logramos reducir jamás  a cero, mientras ambos fuimos jóvenes y preocupados por alcanzar un futuro aún del todo incierto.

Y todo ello a partir de una fotografía que le tomé, en su día, sin saber siquiera que aquel muchacho que se sentaba de aquella manera tan despreocupada en un banco de la Plaza del Charco del Puerto de la Cruz terminaría siendo, mucho más tarde, aquel otro adulto responsable con el que nunca crucé una palabra y que con posterioridad alcanzara tanta popularidad como periodista y político en los años en que, por desgracia, yo ya había abandonado definitivamente la isla en busca también de un futuro más prometedor aunque también incierto.

Como he afirmado en otras ocasiones, a través de la fotografía o el dibujo he llegado a tener la enorme ventaja de recuperar no sólo el tiempo pasado -que no siempre fue el mejor–, sino, además, los muchos misteriosos personajes que transitaron perezosos, ajenos a mí, por esos retazos azarosos de mi vida privada y que si, por causa del olvido,  ya no perviven del todo nítidos en mi maltrecha memoria no será porque ellos no tuvieran también mejores expectativas de futuro que yo sino porque el mío -mi futuro- habría de encontrarlo finalmente muy lejos en la distancia y el tiempo de donde realmente me hubiera gustado; pero no pudo ser.

Aquella vieja fotografía en cuestión, nada del otro mundo desde el punto de vista técnico-artístico, conserva la magia de la intrascendencia, de todo aquello que no quiso ser y que, sin embargo, es.

La foto de un joven cualquiera, despreocupado, anónimo y sin la carga emocional que hoy supone para el espectador de entonces el reconocimiento de un curriculum del personaje que,  de sobras, ahora ya aceptamos y que, por contra, no se corresponde en absoluto con el tiempo ni el espacio en que la foto fue tomada.

De modo que por lo anecdótico de dicha fotografía, me veo en la obligación, con permiso del propio protagonista, de mostrarla en toda su dimensión no sólo sentimental sino también emocional.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com