Qué calor

Estos días estamos sufriendo un caluroso verano en el Archipiélago, como es lógico, porque estamos en agosto, el mes que la mayoría de las persones escoge como período vacacional o en muchos casos por obligación, si trabajan como docentes o pertenecen a la función pública, como la Administración de Justicia; porque en esta época de cada año los colegios y las universidades, y los juzgados están cerrados y en la mayoría de los departamentos de las administraciones estatal, autonómica, provincial y local se trabaja bajo mínimos imprescindibles.

A pesar de las altas temperaturas que registran los termómetros y de la sensación de calor que nos invade en Canarias, los nativos y los residentes en este Archipiélago nos quejamos por quejarnos, sin una razón aparente, porque vivimos en una región atlántica privilegiada climatológicamente en las cuatro estaciones anuales. Y podemos afirmar, como se ha dicho muchas veces, que aquí tenemos una especie de eterna primavera, con temperaturas muy suaves y en absoluto extremas.

Los inviernos son muy agradables y el termómetro, en las zonas habitadas, nunca llega ni se acerca a los cero grados centígrados, y los veranos tienen contados días de algo de calor, con cifras cercanas o que pueden superar los cuarenta grados, pero nada comparables con el infierno que se sufre, por ejemplo, en la España continental y particularmente en determinadas depresiones geográficas como las de los ríos Ebro, en Aragón, y Guadalquivir en Andalucía.

Toda esta benignidad climática se la debemos a nuestra situación en el planeta, en torno al paralelo 28º Norte, a nuestra condición oceánica y, sobre todo, al régimen de vientos alisios que nos vistan durante todo el año, que suavizan las temperaturas en invierno y que refrescan los veranos, por lo que en realidad no tenemos motivos para quejarnos; excepto en contados días al año en los cuales predominan los vientos de levante y aparece en nuestro cielo el molesto polvo en suspensión, procedente del cercano desierto del Sáhara. Pero aún así, es una situación nada comparable con las ventiscas que se forman en las islas de Cabo Verde, el archipiélago de la Macaronesia que está situado al sur de Canarias, donde la arena desértica hace auténticos estragos.

Ahora me acuerdo de cómo el gran artista lanzaroteño que fue César Manrique hablaba del clima canario como algo único excepcional. Siempre contaba el genio conejero que una vez, en un viaje a India con la compañía alemana Lufthansa (él volaba gratis total en sus aviones, por decisión del Gobierno Federal) salió de Gran Canaria con 24 grados centígrados, hizo escala en Fráncfort con -15º y medio día después llegó a Nueva Delhi con 43º. Un ejemplo evidente de que vivimos en un auténtico paraíso.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com