Algunas anécdotas de mala suerte

El otro día un amigo mío reservó y pagó con una tarjeta de crédito por la Internet un billete de avión, ida y vuelta de Tenerife a Madrid, cuya operación se realizó con teórico éxito, incluyendo la elección de la fila y el asiento que iba a ocupar en el Boeing 737-800 en el que tenía previsto viajar –previo abono preceptivo de ese extra, faltaría más– en una fecha concreta.

La anécdota, de imprevistas consecuencias, tuvo lugar cuando se presentó en el mostrador de facturación del aeropuerto de Los Rodeos y una amable azafata de la compañía aérea elegida le comunicó al pasajero que su billete no era válido para ese vuelo, puesto que en su reserva figuraba el día anterior, lo que fue error de quien la hizo –él mismo–, porque al rodar el ratón de su ordenador pulso equivocadamente el día.

El hombre pudo viajar a la capital del Reino, porque casualmente quedaba una plaza libre en el vuelo que él quería coger, pero tuvo que pagar un billete completo para la ida. Menos mal que la fecha reservada para el regreso era la correcta.

Recientemente –y les comento otra anécdota, mucho más habitual de lo que creen– una joven conocida se percató de que la pantalla de su móvil estaba estallada, sin motivo aparente, porque su celular (como dicen los americanos hispanos) no había sufrido ningún golpe, ni se le había caído.

Cuando el técnico del servicio de reparaciones le preguntó dónde solía portar el móvil, la muchacha le contestó que normalmente lo colocaba en el bolsillo trasero de su pantalón, a lo que el reparador le replicó: “pues por eso mismo su móvil tiene la pantalla estallada, porque aunque su móvil tiene una funda semi rígida, usted, al sentarse en cualquier sitio, ha aplastado el aparato con su culito y la presión de sus nalgas han sido la culpable de ese destrozo”.
La chica se sorprendió aún más cuando el empleado del taller le dijo que la nueva pantallita le costaría 35 euros, justo la mitad del precio (70€) que desembolsó cuando adquirió el móvil.

Y una tercera anécdota que le ocurrió hace unos meses a uno de los vecinos del edificio donde vivo. Una noche bajó de su vivienda a la calle, a tirar al contenedor la bolsa de basura. Portaba en una de sus manos un llavero para, a su regreso, abrir la puerta de su domicilio y, en el mismo momento de depositar los residuos en el contenedor, se le cayeron las llaves dentro del mismo. Menos mal que, con la ayuda de un escobillón y una pala domésticos pudo recuperarlas momentos después, antes de que el servicio de limpieza se las hubiera llevado a un vertedero.

Para evitar que casos anecdóticos como estos nos puedan pasar a cualquiera de nosotros, fíjense bien en los datos que facilitan cuando hagan una reserva de un viaje en avión; eviten ponerse el móvil en el pompis –como dicen las niñas cursis– y no se les ocurra ir a tirar la bolsa de basura al contenedor más próximo con las llaves de su casa en la mano.

Por advertirles que no quede. Les deseo que sean felices, en la medida de sus posibilidades. Y, por supuesto, que la suerte les acompañe.

pacopego@hotmail.com

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com