Con Francia no se juega

El día de la Diada dos encapuchados, nacionalistas y cobardes ―un mínimo de valentía exige dar la cara en acciones de este tipo― quemaron tres banderas: una española, una de la Unión Europea y una de Francia. Quemar una bandera española en España no sólo es un gesto exento de cualquier castigo sino que, por si fuera poco, eleva la consideración del incendiario a la de héroe local. La bandera de las doce estrellas amarillas, la verdad sea dicha, todavía nos queda un poco lejos. La enseña nacional de los gabachos, empero, es harina de otro saco. Lejos de la apatía que caracteriza a los políticos españoles ―no sé si convendría hablar de cobardía en lugar de dejadez―, las autoridades francesas no se toman estos asuntos a pitorreo.

Cuenta Julio Iglesias que una vez quiso que la bandera española estuviese en el escenario mientras actuaba en París. Imposible. En ese caso tendría que estar también la francesa. El archiconocido juglar no tenía la menor objeción a que también estuviese la bandera tricolor de nuestros vecinos norteños. Imposible también, así se lo explicaron los organizadores, porque la enseña nacional gabacha, con su honneur, grandeur y todo lo demás, no se podía emplazar en cualquier lugar; ni siquiera en un concierto de Julio Iglesias. Más recientemente, el expresidente Nicolás Sarkozy cortó de raíz una pitada a la Marsellesa durante los prolegómenos de un partido de fútbol en el que jugaba la selección gala. El decreto salido del Palacio del Elíseo fue claro: la próxima vez, se suspende el partido y las fuerzas de orden público desalojan el estadio. Que se sepa, nadie ha vuelto a silbarle a la Marsellesa.

En España, huelga decirlo, somos bastante más desgraciaditos. Lo somos por abundantes motivos aunque ninguno tan pernicioso como la cobardía de nuestros gobernantes, en todos los niveles de la Administración y en todos los ámbitos. Empezando por los que privaron a Tenerife de un gran polo de desarrollo en el Sur, junto al raquítico puerto de Granadilla que se está construyendo, por temor a los gritos de docena y media de ecologistas, la mitad de ellos, además, falsos ecologistas.

Paralelamente, lo de Cataluña no es consecuencia de la falta de diálogo ―con el nacionalismo no se puede dialogar porque es insaciable en sus pretensiones― sino de una carencia absoluta de valentía para adoptar las decisiones que se debieron adoptar en su momento, costase lo que costase.

En fin; los gabachos, altamente cabreados con la quema de su bandera, les han exigido a las autoridades españolas que castiguen a los culpables. Les aconsejo que esperen sentados para que no se cansen. En este país se castiga, verbigracia, al común de los mortales por retrasarse un día en pagar los impuestos, pero no a un independentista por mearle encima al presidente del Gobierno e incluso al rey, si cualquiera de ellos se pone al alcance de la micción.

ricardopeytavi@gmail.com

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com