Sucesos misteriosos en Canarias en la obra de José Agustín Álvarez Rixo

En la amplia producción historiográfica del cronista y político portuense, José Agustín Álvarez Rixo (1796-1883), destacamos la obra Miscelánea o bien sea Floresta Provincial, perteneciente al amplio fondo documental ubicado actualmente en la Universidad de La Laguna gracias a la donación de sus herederos.

En tal relato destacaremos algunas cuestiones relacionadas con sucesos de misterio, tal y como llegaría a ocurrir con la historia de un hombre que falleció en el Valle de Santiago. Al parecer, tal y como relata Rixo, era costumbre depositar el fallecido en una casa próxima a la Iglesia antes de su entierro.

Las personas encargadas de su traslado dejaron el cuerpo en tal casa y abandonaron la misma con el fin de descansar. Sin embargo, “pasó por allí un marchante, y no pudiendo seguir por la oscuridad de la noche” no dudaría en descansar en tal vivienda. Durante la madrugada acudieron de nuevo las personas encargadas del transporte del féretro y el muchacho, que descansaba sin conocer lo que ocurría, se alarmaría al encontrar que otras personas accedieron a su interior.

Las personas que acudieron a tal lugar, convencidas de intentar recoger a alguien que había fallecido, huyeron con gran velocidad, gritando que el muerto les había hablado. Ante esa situación, “el marchante” decidió abandonar la casa, aunque Rixo no dudaría en anotar que por abandonar el lugar en la oscuridad de la noche no lograría advertir “el agradable compañero que dejaba, con el cual a su vez pudo haber recibido otro sustazo”.

Otra de las anécdotas nos sitúa ante una mujer del Puerto de la Cruz conocida con el nombre de la Estafora, en alusión a su servicio ante un inglés conocido como Staford. Se creía que la mujer había fallecido, pero, tras pasar su cuerpo por delante de la cárcel vieja situada en las proximidades de la Plaza del Charco, los allí presentes no salieron de su asombro al ver que la mujer se movió con una ligera brisa y volvió en sí. Los que cargaban el ataúd no dudaron en soltar el mismo.

A José A. Álvarez Rixo le encantaba contar sucesos estrafalarios.

Suceso similar se desarrollaría en La Orotava. Al parecer, tras enfermar un hombre y creyéndose que había fallecido, se decidió cargar con su cuerpo en un ataúd. Sin embargo, en medio de la calle, “cuando los clérigos estaban más empeñados en los responsos, volvió el difunto de su parasismo”, siendo entonces llevado hasta su casa.

En cuanto al núcleo de Los Realejos redacta una anécdota en torno a la bóveda sepulcral de la familia Peraza. Al día siguiente de enterrar a una señora “deuda suya”, se oyeron ciertos gritos y golpes que provenían de tal espacio. Las personas que escucharon esos lamentos no prestaron mayor atención. Años después, cuando por necesidad de un nuevo enterramiento abrieron la bóveda, encontraron “el esqueleto de la señora en pie junto a la entrada”. La mujer, tal y como recoge Rixo, pudo volver en sí y solicitar ayuda para salir del espacio en el que encontraría su triste final.

En la misma localidad, un joven, encontrándose solo durante la noche en el osario del Realejo Bajo para “robar flores”, se extrañó de escuchar ruidos y con curiosidad observó que tras la reja de la puerta del cementerio, se encontraba una señora mayor, que no dudaría en arrodillarse al pasar por tal espacio y realizar una serie de rezados “por el ánima más sola que hubiese en el Purgatorio”. Al escuchar esa petición, el joven no dudaría en aproximarse con sumo cuidado hasta la señora y pronunciar con voz dolorida y profunda lo siguiente: “Soy yo”. La mujer, con miedo, huyó de forma apresurada del lugar. Sin embargo, tras recuperarse del susto, se llegaría a difundir tal acto, relatando Álvarez Rixo que tanto el joven como la señora vivían en el momento de redactar ese pasaje el 3 de noviembre de 1830.

Otra anécdota sería protagonizada por un fraile que, cada noche, se desplazaba hasta la iglesia del convento para estudiar. Concentrado en sus lecturas, no se alarmaría al observar en tal espacio ciertos ruidos provenientes de un buey que “se había quedado en alguna capilla sin nadie percibirlo”.

También ciertos frailes participarían en otro suceso desarrollado en La Laguna, concretamente en el interior de una capilla. Era costumbre que cuando uno de ellos fallecía otros se quedaran velando el cadáver durante la noche antes del entierro. Uno de ellos, consciente de que sus compañeros acudirían con “pan, vino, uvas y otras frutas para pasar la noche”, no dudaría en quitar el cadáver del ataúd y colocarse en el mismo para gastar una broma a sus compañeros. Tras regresar los mismos sin percatarse del cambio, exclamó con “un agudo suspiro y dijo con voz disimulada: ¡Qué bueno esta esto hermanos!”. Los frailes huyeron con gran rapidez ante los padres maestros. Mientras, el fraile salió del ataúd y devolvió el cadáver a su lugar, sin terminar de comprender el resto de lo que allí pudo ocurrir.

Son, pues, relatos que causaron impresión en su época y que no dudaría en anotar para la posteridad José Agustín Álvarez Rixo.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com