Una vez en Maracaibo

Vista de Maracaibo

  • El tipo que me alquiló el coche me entregó también una caja con un revólver. Me dijo: “¿Sabe usarlo?”

El tipo que me alquiló el coche para ir desde Maracaibo a Lagunillas me entregó las llaves del vehículo y una caja. Dentro de la caja había un revólver “Smith and Wesson” de dos pulgadas y una caja de balas del calibre 38. Me dijo: “¿Sabe usarlo?”. Le dije que sí porque yo era entonces socio del Tiro Olímpico. “Pues si se le daña un caucho, cámbielo pero deje bien visible el arma para disuadir a los malandros a que se detengan”.

La Venezuela de aquella época era distinta a la de ahora, pero tampoco un dechado de virtudes. Así que fui a Lagunillas con una novia de entonces, no pasó nada, no tuve necesidad de usar el arma, no se me dañó ningún caucho y sólo ocurrió, sentado a la orilla del lago junto a esa novia, que vimos pasar ante nosotros la rata más grande del mundo. Parecía un cocodrilo.

Mis viajes por ahí no han comportado serios riesgos, ni siquiera en lugares fronterizos como en ese triángulo que forman, en Iguazú, Argentina, Brasil y Paraguay. Llegué de noche a un control de policía, con otra amiga. Toqué la pita porque allí no había nadie, pero de la ventana de la garita sobresalía la punta de un fusil y un pie descalzo que se movía.

En el centro de Manhattan, un negro me apuntó con una pistola.

En el suelo no estaba escrito Stop, sino Pare, españolizando la cosa. Yo seguía detenido, inmóvil, con las ventanas del coche cerradas, el motor andando y el aire acondicionado puesto. El pie seguía moviéndose en sentido de mi marcha. Continuaba detenido en el Pare. Al cabo se asomó la cabeza de un guardia somnoliento, ya no recuerdo si brasileño o paraguayo, me da que paraguayo, y con un hilito de voz, me dijo, al tiempo que yo bajaba el cristal de la ventanilla: “Le he dicho que siga, hermano, ¿no vio mi pie?”. Yo apreté el acelerador y seguí, volando. Nadie me disparó.

Dos anécdotas de mis viajes por ahí, aunque pueden ser muchas más. En isla Orquídea, en el río Carrao, cerca de Canaima, estuvo a punto de morderme una serpiente de las más peligrosas que existen, según el policía nacional venezolano que me acompañaba y que se quedó lívido al ver el reptil caminando sobre mi bota. “Se ha salvado usted de casualidad”, me dijo, no sé si exagerando la cosa para que yo fuera más generoso en la propina por servirme de guía. En fin, que salvé el pellejo de milagro. Tampoco supe nunca la extrema peligrosidad del reptil.

Otra vez me invitó Gadafi a Libia. Fui a Madrid, a la embajada, traduje al árabe mi pasaporte en el Ministerio de Exteriores y en la embajada me entregaron un billete de ida, vía Roma, con Alitania. Sin billete de vuelta. Eran los tiempos virulentos del MPAIAC de mi después amigo Antonio Cubillo. A última hora no fui, me olió mal aquella invitación. Yo era un destacado periodista anti MPAIAC, españolista. Luego hice mucha amistad con Cubillo, como todo el mundo sabe, incluso un programa de televisión de tan grato recuerdo, “El Perenquén”, en Canal 7 del Atlántico.

Caracas no era tan violenta como ahora. Pero sí era peligrosa.

En una calle de Caracas estuvieron a punto de atracarme y quizá de matarme. Me empeñé en imprimir allí, a un precio tirado, las portadas del boletín que yo editaba, “Canarias Confidencial”. Las traía en maletas. Y la imprenta estaba en Boleíta, que no era un barrio de mucho peligro, ni  mucho menos. No me di cuenta e iba por la calle con el “Rolex” puesto. Un “Rólex” comprado allí, en Caracas, en el CCCT. Me siguieron dos tipos; pero justo cuando ya se acercaron para robarme todo lo que llevaba encima apareció un coche de la Disip. Al ver a los agentes de paisano, los malandros se echaron a correr. Me subí al coche de la Disip y me llevaron al hotel “Tamanaco”, que era donde me alojaba. Mis salvadores eran agentes a las órdenes del comisario Elisaúl Camargo, un policía muy conocido e influyente de la época, que luego yo llevé a mi novela “Los gallos de Achímpano”.

Quien se mueve mucho por el mundo se expone a estas historias. Viajando de Nueva York/La Guardia a Miami, a mi hija María Eugenia y a mí nos hicieron, en el equipaje de mano, la prueba de la parafina, a ver si encontraban restos de explosivos. Nos tuvieron mucho tiempo retenidos, a punto de perder el avión, incluso con policía bueno y policía malo en la operación. Fue muy curioso. Nosotros estábamos, desde luego, muy tranquilos.

Ya conté que, en cierta ocasión, estaba sentado en un bar del centro de Nueva York con Javier Zerolo, que es periodista y compadre mío. Entonces vi a un hombre negro que se dirigía desde la calle hacia la cristalera, directamente hacia donde yo estaba, con un revólver en la mano, apuntándome. No dije nada sino cerré los ojos y me dispuse a morir. Cinco segundos interminables. Cuando los abrí no había ni rastro del negro, ni del revolver. Y no lo soñé. Juro que es verdad, aunque no tenga ninguna explicación, ni yo tampoco pueda darla. Ese día, en Nueva York, volví a nacer.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com