La mentirosa

Al principio del principio me hice el firme propósito de no escribir ni una línea sobre lo que está ocurriendo en Cataluña pero hay extremos capaces de arrasar las mejores intenciones. He desistido de la promesa a mí mismo por culpa de las imágenes de un guardia civil insultado, acosado y mal protegido por unos colaboracionistas Mozos de Escuadra hasta que consiguió refugiarse en un furgón. Antes había visto como insultaban a una periodista argentina. Primero la denostaron porque pensaron que era madrileña. Luego, cuando les quedó claro ―ignoro de qué forma― que no era gata sino porteña, renovaron los vituperios contra ellos: “Un argentino” ―una argentina, por ende― “es hijo de un español y una puta”, le gritaban varios energúmenos cubiertos con un trapo que llaman estelada y que no es sino una patética copia ―por poco original― de las banderas de Cuba o Puerto Rico. A buenas horas mangas verdes.  En fin; este es el buen rollito para convivir en paz de quienes aspiran a poner en marcha una república moderna sustituta, hay que joderse, de la vetusta España.

Llevo demasiado tiempo viendo, oyendo y leyendo crónicas de ultrajes. Llevo demasiado tiempo mordiéndome la lengua y apretando la pluma en el bolsillo para no mojarla en un tintero colmado de bilis. Tan sólo me pregunto si tanto a mí, como a Andrés Chaves, otrora a José Rodríguez, al igual que a muchos otros periodistas, nos han condenado por hablar de tintes capilares y otras machangadas, ¿cómo es posible que los líderes ―y también los no líderes― del independentismo de la butifarra llamen asesinos, violadores y bastante lindezas adyacentes a políticos, policías y ciudadanos españoles en general sin que les ocurra nada? ¿Por qué tanto celo con nosotros y tanta permisividad con quienes hace tiempo que cruzaron la línea roja del mero insulto para entrar en el terreno de la alta traición a su país?

Pregunta de Perogrullo habida cuenta de su fácil respuesta: porque vivimos en una nación de cobardes y, lo cual es peor, también de resentidos. Cobardes como Mariano Rajoy que se escuda ora en los jueces, ora en los cuerpos de seguridad para no dar un puñetazo sobre la mesa de una puta vez y meter en la cárcel a Puigdemont y su camarilla de sediciosos. Hasta el rey Felipe tuvo que salir anoche a escena para defender el país ante la tibieza de un gallego inútil como presidente. Un timorato ―o un irresponsable― que sigue sin percatarse de que padecemos la situación más grave que ha vivido España no ya desde la Transición sino desde mucho tiempo atrás. País de cobardes como Rajoy, insisto, y de vengativos como Pedro Sánchez. Su odio al presidente del Gobierno es tan visceral, tan profundo, que prefiere dejar que se hunda el país antes de ayudarlo cuando no está en juego la continuidad de un Ejecutivo, ojalá sólo fuese eso, sino el futuro de 47 millones de ciudadanos.

No sé en qué acabará esto. “Si permites el desorden para evitar la guerra, tendrás el desorden y también la guerra”, sentenció en su momento Maquiavelo. “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”, le reprochó Churchill a Chamberlain cuando éste regresó de la Conferencia de Múnich convencido de que Hitler era un gran estadista cuyas humanitarias intenciones garantizaban la paz en Europa durante décadas. ¿Cuánto tiempo llevan los gobernantes de Madrid eligiendo el deshonor en Cataluña para evitar un inevitable conflicto con los nacionalistas?

Marta Torrecillas / youtube

Esta noche me han movido, insisto, muchas razones de hondo calado para ponerme ante el teclado del ordenador. Ninguna, empero, supera a la protagonizada por una señora llamada Marta Torrecillas. “No hacía nada más que defender a la gente porque han pegado a niños y a gente mayor y me han cogido, me han tirado por las escaleras, me han tirado cosas, me han roto los dedos de la mano expresamente, uno por uno”, le dijo a una amiga para que lo divulgara en las redes sociales. “En medio de las escaleras, con la ropa levantada, me han tocado las tetas mientras reían. Y me han pegado. Explícalo Laura, explica lo que están haciendo. Por favor, que se enteren todos. Y me han roto los dedos de la mano uno por uno expresamente. Esto es mucha maldad, mucha maldad, mucha…”.

Esta señora se hizo fotografiar con el brazo izquierdo en cabestrillo, más escayolado que el mío una vez que me caí de una moto y me tuvieron que reconstruir la muñeca durante casi dos horas en un quirófano. Pero, qué casualidad, las imágenes del supuesto incidente grabadas por una cámara de seguridad mostraron que el policía que la retiró de la zona no la cogió por el brazo izquierdo sino por el derecho y, por supuesto, no le tocó las tetas ni ninguna otra zona de su cuerpo. Finalmente, esta infame embustera se vio obligada a reconocer que no le habían roto ni un solo dedo. Sólo sufría una leve capsulitis en uno de ellos. Lesión, obviamente, que no necesitaba el aparatoso vendaje con el que aparecía en la foto.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com