La comparecencia de Puigdemont

Puigdemont se ha sacado de la manga un mete-saca, eso que hacen los toreros cuando fallan al entrar a matar y se quedan con el estoque en la mano. En tauromaquia es un lance habitual que desluce la faena, pero nunca pone en entredicho el arrojo y la decisión del torero al ejecutar la suerte. En los tiempos que corren debemos interpretarlo de otra manera. Ha sido más bien una actuación que pretende contentar a los aficionados y a los anti taurinos que lo que quieren es cargarse la fiesta definitivamente, y eso, en una plaza seria no se puede hacer.

Declarar la independencia para suspenderla inmediatamente después, es como picar al toro y no picarlo, o ponerle unas banderillas de quita y pon que se adhieren con velcro a la piel del animal. Para eso no hacía falta montar una pantomima. Se clausura la corrida y ya está. Todo venía contenido en un discurso con un compromiso de declaración de independencia contradictorio que luego se ha concretado en la firma solemne de un documento, que no ha sido refrendado por el órgano competente, y en el anuncio de otro que ni siquiera ha sido suscrito ni redactado. En fin, una escenografía, para tranquilizar a unos y calentar a otros, que no va a ninguna parte, porque sólo se ha tratado de un papel que el secretario de la cámara no puede recoger en el acta como un acuerdo aprobado por la mayoría de sus miembros. Algo sin efecto jurídico alguno que ha servido para que los vítores y los aplausos de unos y los silbidos de otros se oyeran en los alrededores del parque de la Ciudadela.

El pleno del Parlamento de Cataluña, una mascarada.

Sin embargo, para los voceros de la prensa ha sido suficiente para colocar la pelota en el tejado del Gobierno que, si reacciona mal, estará negándose a aceptar el buen rollito que le ofrece la parte contraria. En realidad, lo único que se puede constatar de lo ocurrido es la exposición de un discurso que no ha sido sometido a votación y, por tanto, carece de valor alguno como acto administrativo. Pero si damos por válida esta representación teatral, esta comedia esperpéntica, tendremos que coincidir en que la continuidad de la declaración y su posterior suspensión constituye todo un récord y convierte al presidente Puigdemont en un personaje histórico que ha logrado la declaración de independencia más corta de la historia de Cataluña. Enhorabuena, sólo ha durado unos segundos en un acto de auto fagocitación sin precedentes.

La maniobra jurídica es perfecta porque, en la práctica, que no en la realidad, ha propuesto la aprobación de una proclamación de autodeterminación para suspenderla un segundo después sin que los tribunales tengan tiempo de enterarse de lo que había hecho. Todo con la intención de dialogar. Si era este el objetivo, ¿por qué no presentó una propuesta articulada con las cuestiones que quería dirimir? Seguramente porque lo único que pretende es eso que llama encaje, consistente en que se acepte sin traumas la aprobación de aquello que ha suspendido temporalmente.

Me imagino el sacrificio que le debe haber costado traicionar a las CUP. Lo que no sabemos es la secreta promesa que les ha hecho para que pasen el mal trago. Quizá sea el concederles por un tiempo la exclusiva de la calle. Ya veremos a Aran manifestarse a sus anchas. No sé lo que va a hacer el Gobierno, pero debería pensar que si se hace efectiva la salida de Freixenet y Codorniú ya no va a quedar cava para seguir mareando a la perdiz.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com