Sin cotidianidad alguna

No me he aburrido de escribir, estimado Andrés. Escribo casi a diario aunque lo elaborado no ve la luz día a día. Pienso que la calidad de un texto guarda proporción directa con el tiempo transcurrido desde que se redacta hasta que llega al lector. Lo publicado en un semanario suele ser bastante mejor que lo impreso en un periódico diario. Una publicación mensual supera a un semanario y un libro, cuya escritura supone meses (y a veces años) de trabajo, posee más excelencia. Eso sí, hablando en términos generales, habida cuenta de que un bodrio siempre es insufrible sea cual su periodo de impresión.

Recuerda, apreciado Andrés, que una vez Juan Manuel García Ramos nos afeó que escribíamos más que leíamos. Tenía razón y la sigue teniendo. Lo que se escribe debe ser una destilación de lo que se lee y, como tal esencial de un todo en bruto, ha de suponer un porcentaje apreciablemente menor. ¿Un diez, un cinco o simplemente un uno por ciento de lo que se lee? No lo sé. La próxima vez que me encuentre con Juan Manuel en el momento ―y el lugar― más inesperado se lo preguntaré.

Ambos, caro amigo Andrés, hemos tenido que escribir a diario para ganarnos el sustento. Escribir durante 362 días al año, pues sólo descansábamos el Viernes Santo, el día de Navidad y el de Año Nuevo; los tres únicos en los que no se publicaban los periódicos por los que hemos pasado. Todo el año, año tras año, sin vacaciones, sin poder desconectarnos de la realidad. Algunos artículos nos quedaban mejor que otros, obviamente, pero me permito la inmodestia de arrogarnos el mérito de no haber faltado nunca a la cita con los lectores. Ahora tengo que agenciarme los garbanzos con otras actividades que prefiero no mentar. No porque sean ilegales, inmorales o atentatorias contra la Constitución española, todo lo contrario, sino porque cada vez me apetece menos hablar de mis asuntos; ya casi nunca lo hago ni siquiera de los políticos.

¿Por suerte o por desgracia?, me pregunto, te pregunto y le pregunto a los añorados lectores que de vez en cuando me mandan un correo-e ―o me paran por la calle― para interesarse por mis ausencias. Más bien por suerte, acaso para no repetir la historia de mi tío César y mi tía Rosalía. Vivían en Madrid y cada año se iban de vacaciones a Benicasim. Casi cuatro décadas repitiendo el mismo asueto. ¿Disfrutaron de cuarenta vacaciones o de una sola repetida cuarenta veces?

Cambiar nos conviene, Andrés, por mucho que nos cueste superar esa inercia mental que algunos llaman abandono. Por eso le estoy muy agradecido a un amigo al que, obsesionado yo con cierto afán continuista, le pedí que me organizase un almuerzo con cierto empresario. Qué favor tan grande me hizo al no prestarme ese nimio apoyo. Qué sublimes versos los de León Felipe cuando aconsejaba “Ser en la vida romero…, sólo romero / Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, / pasar por todo una vez, una vez solo y ligero… / Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo, / ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos / para que nunca recemos / como el sacristán los rezos, / ni como el cómico viejo / digamos los versos… / No sabiendo los oficios los haremos con respeto. / Para enterrar a los muertos / como debemos / cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero”.

En fin, queridísimo Andrés, hay oficios no tan subyugantes como el periodismo rutinario, qué duda cabe, aunque también bastante interesantes pues siempre nos queda la opción de convertir la necesidad en virtud.

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Es una publicación de El Diario de Tenerife.com