Muerte súbita

 Lo que está pasando con el tema catalán debería ser comentado por los periodistas deportivos, especialmente por los especialistas en tenis, por la rapidez con que declaran que la pelota ha sido devuelta al campo contrario. Anoche el problema lo tenía el Gobierno, hoy lo tiene Puigdemont. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué cada vez que la razón y la verdad están en un lado, al instante siguiente se encuentran en el otro? ¿Por qué todo es tan relativo? La respuesta se debe encontrar en las diversas atalayas desde las que se observan los problemas, todas ellas apoyadas en valores genéricos que nada tienen que ver con el respeto a las leyes y a la Constitución.

Declarar valores morales y sentimentales por encima de cualesquiera otros es, en algún sentido, devaluar los pilares de la sociedad y supeditarlos a la aparición de corrientes espontáneas, la mayor parte de las veces minoritarias. Tender la mano y ofrecer el diálogo, aunque se trate de una actitud calculadamente hipócrita, se pretende imponer a los principios que nos hemos juramentado respetar. Se puede incumplir la ley en nombre de los que no disponen de otro argumento que movilizar a las calles para achantar a la prudencia de quienes no quieren participar de la algarada, pero lo que no se puede tolerar es que los cuerpos de seguridad para restituir el orden legal vulnerado no actúen cuando han sido reclamados para ello por el poder judicial. El preámbulo del discurso de Puigdemont, después de anunciar los resultados de un referéndum anulado por el Constitucional, hacía alusión a las afrentas sufridas por el pueblo catalán desde el recurso del Estatuto, a la violencia ejercida por la policía del Estado represor el 1 de octubre, después de la inacción de los Mossos, desobedeciendo el mandato de la autoridad de los jueces –una trampa más para encontrar una justificación a la protesta–, y a otros argumentos de obediencia a un mandato electoral que no permite avanzar por un camino jurídicamente limpio. No habló del independentismo histórico ni de sus continuados fracasos. Cada intento responde a un relato diferente que hay que fabricar previamente, a pesar de tener un contenido tradicional y único como demuestra la historia.

Siempre habrá algún ingenuo que se trague lo del diálogo, el buen rollito, el victimismo y la intermediación, a la que ninguna autoridad europea se quiere sumar. A ellos va dirigido el mensaje, pero ya no pega, porque la mayoría de la clase política ha decidido colocar en primer lugar la defensa de la Ley. Después, por descontado, vendrá el diálogo, las manos tendidas y hasta la reforma constitucional.

Los comentaristas deportivos siguen aguardando el raquetazo de Puigdemont devolviendo la pelota, siempre con la intención de incrementar sus audiencias. Quizá sea una débil dejada que no supere la red, o un ataque en toda regla que se pierda por la línea de fondo. Entonces pedirán el ojo de halcón, pero ya será demasiado tarde porque no existe nadie dispuesto a actuar como juez en esa jugada.

En menos de veinticuatro horas después de la declaración efímera, suspendida quince segundos después, el tiempo suficiente para convertir en lágrimas las eufóricas sonrisas anteriores, el bloque constitucionalista ha cerrado un acuerdo para establecer el compromiso de que lo primordial es la restitución de la legalidad. Todavía hay quien espera que la partida se prolongue con nuevas devoluciones de pelota desde el final de la pista, pero el match ha finalizado y los jugadores deberán abandonar la cancha y marcharse al vestuario. Después de la ducha pueden hablar lo que quieran. Faltaría más. Incluso creo que puedan llegar a ser amigos. Al fin y al cabo, el tenis es un deporte de caballeros.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com