La dignidad

Conviene repasar el significado de un término que se está utilizando de forma inadecuada en los últimos días. Me refiero a la dignidad. Solo son dignos aquellos que saben lo que significa serlo. Es algo que tiene que ver con el comportamiento y, por tanto, se refiere a la persona y al compromiso que tenga con su manera de conducirse en la vida. Aunque yo creo que está pasada de moda, el diccionario sigue vinculando la palabra con el honor o con el decoro, que también va implícito en este último término. Ya vemos cómo hoy el lenguaje más vulgar utiliza ese mismo vocablo para salvar la escasa calidad de un producto, que, en el caso de tenerla, merecería otro tipo de epítetos de mayor reconocimiento. Casi se podría decir que se usa en un sentido peyorativo cuando se refiere a una creación artística, pues se dice que es digna equiparándola a aceptable, que quiere decir que está ahí, pero sin alcanzar un cierto grado de excelencia. Como vemos, la dignidad, si no es un concepto que anda tirado por los suelos, al menos está lo suficientemente devaluado como para ser considerado una excepcionalidad.

Si lo ocurrido en Cataluña debe ser calificado como un tema de dignidad, apaga y vámonos. Nunca puede considerarse digno intentar recuperar algo que se ha obtenido de manera indigna, y, en este caso, el límite al decoro de estas actuaciones lo pone la ley. Delinquir y andar por la vida quebrantando las normas nunca podrá ser considerado un comportamiento honorable. Menos digno aún es salir pitando cuando la autoridad judicial te reclama para que des cuenta y explicación de tus actos. Sin embargo, al señor Puigdemont y sus amigos se les llena la boca gritando a los cuatro vientos que lo que hacen es defender su dignidad y la de su país. Lo malo es que han elegido como atalaya a la capital europea, olvidándose de que la dignidad de la Unión se basa en la defensa de la integridad de sus miembros. Por eso ese grito reclamando el honor perdido, en el lugar donde se hace, se convierte en ridículo.

España conoce lo que significa recurrir a la dignidad como refugio de sus grandes fracasos. Ya ocurrió en Santiago de Cuba, cuando unos políticos ineptos y corruptos pusieron por delante a la honra para llevarnos al desastre. Para ello jugaron con el honor de los que murieron en un sacrificio inútil y sumieron a todo un país en la mayor crisis de identidad que haya sufrido nunca. Igual que ahora, los que anteponían a las masas enervadas para conseguir llevarnos al abismo, provocaron el desconcierto de una clase intelectual, conocida como la generación del 98, cuyo estado de incomprensión les hizo escribir unas de las mejores páginas literarias de nuestra historia.

La aplicación de la ley, salvo casos excepcionales, nunca es humillante. Es un acto de reparación. A veces es recomendable ser humilde, porque si no, la exigencia de la dignidad se convierte en una petulancia insoportable. Los cristianos confiesan que no son dignos de recibir a Dios en su morada, porque saben que esa es la actitud para que Él los habite. ¡Qué peligroso es declararse agredido por ser advertido de que ser digno no consiste en ser único, diferente, exclusivo y excluyente!

Hay otra acepción de la palabra dignidad que hace referencia al desempeño de un cargo. El desproveer a alguien de esa condición puede ser obligado por un desconcierto en la administración que tenía encomendada. En ese caso no hay que reclamar la reparación de una ofensa, ni gritar ante todo el mundo que has sido despojado de tus prebendas. Este sí que es un comportamiento indigno. Nadie dice que no sea legítimo la defensa de las ideas, sean éstas cuales sean, pero hay que hacerlo dentro del marco que permitan las leyes. En caso contrario, los objetivos dignos se convierten en auténticas indignidades.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com