Juicio al empecinamiento

El auto de la jueza Lamela por el que se decreta prisión provisional para los consejeros del Govern de Cataluña es un relato de los hechos acaecidos a partir del año 2015 en donde se aprueba un plan detallado para conseguir la independencia. Uno de los argumentos para adoptar las medidas cautelares es la voluntad de los acusados de no dar un paso atrás y reincidir en la comisión del delito. Al contrario, siguen con su escalada, como si supieran de antemano lo que les iba a ocurrir y tuvieran de manera empecinada que continuar con la llamada hoja de ruta, incluso después de que actúe la justicia.

Se trata de una secuencia coordinada y premeditada en la que se combinan los partidos políticos partidarios de la autodeterminación con las organizaciones de carácter privado, a las que pertenecen también la mayor parte de los imputados, o investigados, como se dice ahora. El objetivo es preparar a una tercera fuerza, que se considera la más poderosa en el proceso, para que intervenga con una presión irresistible durante la fase de preparación, y, sobre todo, en la de culminación: cuando los dirigentes sean detenidos según tenían previsto con anterioridad. La participación de la masa es la clave de toda esta trama, tanto para justificar que se actúa siguiendo su mandato como para inundar las calles de protesta si éste no se cumple. Todo ello con una manipulación calculada, como se especifica en el auto de la Audiencia Nacional.

Lo que se pretendía desde el principio era crear un escenario de persecución y victimismo que llegaría a su clímax en el momento en que una justicia, sin garantías y en manos del poder ejecutivo, convirtiera en mártires a los sediciosos, mientras otros teatralizaban un simulacro de exilio pidiendo asilo en un país de la organización política que previamente ha manifestado su rechazo a la operación. Sólo es una campaña de propaganda que presenta su lista de engaños diseñados por vendedores de mercancía averiada (como el señor Turull que trabajaba en el mundo inmobiliario), frente a la actuación impecable de los jueces. Y digo impecable, a pesar del escándalo que han provocado los disconformes; porque, una vez leído el auto de la jueza Lamela, no me cabe la menor duda de que es así. Lo triste es sospechar que la demagogia y la mentira puedan triunfar por encima de la razón legal. Los héroes son los delincuentes y los manipuladores son los encargados de administrar justicia. Estamos ante una gravísima crisis de valores, y todavía hay quien se atreve a negarlo.

Es lastimoso que el tercer brazo que interviene en esta maniobra sea tan numeroso, esté tan obcecado y pertenezca a un territorio al que, hasta el momento, le reconocíamos un alto grado de madurez y cultura. Me refiero a la masa que, a partir de ahora, va a entrar en acción inundando las calles, y a la que se suman algunos oportunistas que, manteniéndose en la ambigüedad calculada, también declaran que vivimos en un estado de excepción y de persecución política.

A la masa intento comprenderla, pero no me queda más remedio que emparentarla con aquellos que creen que inmolándose van a obtener un paraíso de leche y miel con quince mil vírgenes a su disposición. (En el fondo no son otra cosa que unos obsesos sexuales. Siempre me he preguntado para qué necesitan los islamistas a tantas mujeres). A los otros los entiendo menos, porque, a todas luces, se están pegando un tiro en el pie. Así les va en las encuestas. Esto hay que arreglarlo, y la única forma de hacerlo es que todos dejen de mentirnos. Lo de comerle el coco a los niños en los colegios es lo de menos.

Durante cuarenta años el franquismo hizo lo mismo y no consiguió nada. Nos hacemos mayores y tenemos la oportunidad de descubrir sus falsedades y mandarlos a freír puñetas. Espero que en Cataluña pase igual, aunque creo que en este país eso de los mártires y el hostigamiento inquisidor tiene mucho éxito, porque la ofensa tiene mucho más valor que el perdón.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com