La muerte del fiscal Maza

El fiscal general del Estado ha muerto en Argentina a causa de una maléfica infección renal. La Fiscalía es un órgano del tan devaluado Estado de Derecho, quizá por eso se ha armado tanto revuelo en las redes sociales que han transformado esta dramática noticia en un chiste mal intencionado donde a cada uno le ha salido lo peor que lleva dentro. Con esto se demuestra que, allí donde puede, vuelve a surgir esa división tormentosa de las dos Españas que nos martiriza como un mal endémico. Me hubiera gustado, con el debido respeto, que todo se hubiera quedado en una “jugadita renal”, expresión inefable del gran Dacio Ferrera, o en una complicación en el “fistro diodenal”, que diría Chiquito de la Calzada. Pero no, los comentarios han ido más lejos de lo que pudiéramos sospechar y se han pasado de lo aceptable para ser la muestra de lo más bajo de la condición humana.

El fiscal Maza se había convertido en martillo de herejes para el independentismo catalán sólo por cumplir con su obligación de exigir el cumplimiento de la ley. Algunos españoles han vuelto a levantar sus copas de cava para brindar por la muerte de alguien. Esto no ocurría desde los tiempos de ETA. Si el independentismo se nutre de esta clase de individuos mal destino le auguro a esa Cataluña que está siendo depredada, a los ojos de todos, por el odio. ¿Dónde dirá Junqueras que se sitúan el bien y el mal después de observar estos comportamientos? ¿Por qué, desde sus profundas raíces cristianas, no sale a parar esta lluvia de improperios? Yo les diré por qué. Una vez que ha aprendido a utilizar la técnica de la posverdad lo seguirá haciendo hasta el final si le sirve para su proyecto. Tiene la garantía de que cada vez que vaya a confesarse con el abad de Monserrat éste le absolverá. En el fondo, ha muerto el que lo ha metido en la cárcel, que era lo que él mismo estaba deseando. En lugar de poner la otra mejilla, como predicaba Jesucristo, es preferible alegrarse de la muerte del enemigo. Otro más de los que lavan sus errores acudiendo a misa todos los domingos, igual que hacen Puigdemont y compañía. También Hugo Chávez sacaba al niño Jesús cada vez que quería cometer un atropello y es posible que, desde el Cielo, disfrazado de pajarito, les esté echando una mano a los soberanistas catalanes para debilitar al malvado Rajoy y fortalecer a su marca blanca en España que no acaba de definirse en lo del procés. De momento Nicolás Maduro no ha contestado a las insistentes preguntas de Jordi Évole sobre el reconocimiento de Venezuela a la República de Cataluña.

No todo queda en eso. Por la otra parte se habla de envenenamientos, de infecciones inoculadas, como el cáncer que se llevó al dirigente bolivariano. Dicen que una organización sionista de Buenos Aires ha sido la autora de este asesinato, en su condición de colaboradora directa con el sece-sionismo catalán. Ahora resulta que el sece-sionismo es un invento judío y los referéndums se ganan o se pierden por la intervención de los jaquers de Vladimir Putin.

Andamos todos locos porque la falsedad navega por las redes sociales como los petroleros de Aristóteles Onassis lo hacían por el Atlántico. Los analistas llaman a este fenómeno posverdad. Aún esta palabra no ha sido recogida por la Academia de la Lengua, pero el día que lo haga la definirá como equivalente de mentira. La mentira es un pecado grave, la posverdad es un sucedáneo para poder faltar al octavo mandamiento sin que ello suponga condena alguna. Incluso hay quien la considera dentro de lo políticamente correcto. La democracia ha pasado de ser el sistema defensor de la igualdad ante el cumplimiento de las leyes a la justificación de pasarse las normas por el arco del triunfo. Esto es lo que hay.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com