El carrer es nostre

Que el espacio público deba ser el escenario de todo tipo de manifestaciones, artísticas, políticas y culturales significa la muerte de los teatros, de los auditorios y de los museos, incluso hasta de las plazas de toros, aunque aquí las calles tienen un gran protagonismo, en esa versión que tiene Pamplona y otros muchos pueblos de España de jugarse la vida en los encierros como un ensayo de lo que luego va a ocurrir en el coso. La calle es más vital, más participativa y poderosa, por tanto, la representación debe cobrar una mayor autenticidad si se realiza en este ámbito, porque aquí nunca habrá una selección elitista para disfrutar del espectáculo, ni nadie tendrá que pagar entrada, y se supone que todo ocurrirá con el descontrol que garantiza el ejercicio de la libertad.

Un libro de Aida Pallarés y Manuel Pérez, titulado El carrer es nostre, expone todas las manifestaciones del arte en la calle como una expresión del mundo moderno y reivindicativo, desde el franquismo hasta nuestros días. El título no es malo, pero indica un sentido de propiedad exclusiva de algo que no queda suficientemente claro. ¿Quiénes son los que consideran nuestro a ese espacio? ¿El pronombre es tan extenso como para representar a una globalidad, o sólo se queda en el derecho de los afines? Porque nosotros, puede ser La Manada, un pueblo, una nación, o el conjunto de la Humanidad. No nos olvidemos de que estamos en Barcelona y aquí se ha acuñado la frase por parte del movimiento independentista de Els carrers serán sempre nostres, lo cual le otorga un sentido extremadamente revolucionario a esa intención.

La calle no es sólo tuya, ni mía, es de todos./Wikipedia.

Es peligroso adjudicarle dueño al espacio de todos y que define el entorno colectivo de la ciudad. Los antiguos griegos sabían distinguir perfectamente estas cosas y había designado un dios para representar esa función de comunicación. Era Hermes, el mensajero, que llevaba las noticias de lo que había en el interior de las casas (que estaba regido por la diosa Hestia) al ambiente exterior. Hermes y Hestia forman parte de las parejas que habitan en el frontón del Partenón de Atenas, pero son los únicos que no tiene una relación familiar. No son marido y mujer, ni madre e hijo, ni existe entre ellos más dependencia que la de mostrar que la relación que existe entre el hogar y la calle, entre el espacio abierto y el cerrado, entre lo vulgar y lo extraordinario, entre lo público y lo privado, está absolutamente libre de atadura alguna. Sin embargo, a pesar de la perfección que los mitos tienden a atribuirle a la organización social, la tendencia es que esos mundos individualizados se invadan sin pudor, y el establecimiento del orden a que se obliga el poder político siempre nos conduzca a que alguien, con demasiada frecuencia, considere de su propiedad exclusiva a esos espacios de libertad.

En este sentido, Els carrers serán sempre nostres tiene el mismo valor que la expresión de Manuel Fraga cuando dijo: “La calle es mía”, siendo ministro de la Gobernación en el Gobierno de Carlos Arias Navarro. El derecho a usar las calles, como un espacio de uso común, es un principio constitucional. En realidad, la ciudad, el urbanismo, no son otra cosa que la organización racional de la vida colectiva que a todos pertenece. Las leyes garantizan un proceso participativo para que las propuestas de ordenación sean lo más representativas posibles de la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, con la salvedad de los aspectos técnicos que la impregnen de una cierta lógica. En este sentido la calle es de todos. Ni de los independentistas, ni de Fraga, ni de cualquier otra mayoría que la utilice para manifestar sus reivindicaciones. Al menos no lo será de forma permanente, como ese sempre que le adjudican los soberanistas catalanes.

Justo por ser el mayor símbolo de apertura y libertad no debe ser de nadie. La interpretación correcta es la que se contiene en estos versos de Agustín Millares, compuestos como reacción a las manifestaciones de Fraga Iribarne: “La calle que tú me das, calle ausente todavía, no será tuya ni mía, calle de todos será”.

P.D.-

Mi hijo ha colgado en Facebock un jeroglífico que me ha costado descifrar. Dice: «Emmanuelle Carrére es nuestro». Me encanta ese escritor francés. Le estoy agradecido por haberme inspirado este artículo.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com