Homenaje a Chiquito de la Calzada

Conocí al doctor Grijander durante el transcurso de una entrañable recepción celebrada en Madrid y organizada por el ex embajador de EE.UU, James Costos, en los hermosos jardines de su residencia privada, con motivo del día de Acción de Gracias durante el pasado mes de Noviembre de 2014. A ella asistían como invitados distintas personalidades pertenecientes al mundo de la cultura, los negocios, la banca, la política, el cuerpo diplomático, etcétera,, así como un puñado de antiguos miembros relacionados con el ámbito de la investigación científica española entre los cuales  se encontraba, precisamente, el mencionado doctor Grijander.

Mi presencia estaba suficientemente justificada como miembro representante, en calidad de jubilado, elegido entre  la mayoría silenciosa de este país y escogido mediante un sorteo global organizado por el Instituto Nacional de Estadística, en colaboración con el Ministerio de Empleo y Seguridad Social.

Aunque no dejaba de ser  un acto informal, no oficial, la mayoría de invitados asistíamos sin nuestros respectivos cónyuges y vestidos de riguroso chaquet, a pesar de que la sombra que proyectaban los esbeltos flamboyanes del jardín no bastaba del todo para disipar el sofocante calor reinante a esa hora del día pese a ser noviembre, máxime, ataviados como nos encontrábamos de manera tan extrema.

En un momento dado, el doctor Grijander, al que no tenía el gusto de conocer hasta entonces, me tomó delicadamente del brazo y, presentándose, me dijo:

Chiquito de la Calzada me ha hablado muy bien de usted.

–¡Encantado de conocerle, doctor! Me llamo Zoilo López y soy algo parecido a lo que se entiende hoy en día en España por un artista.

–Lo sé –me dijo, tuteándome ahora–. Poseo un cuadro tuyo comprado a tu galerista en Barcelona, aconsejado precisamente por Chiquito.

–Lo recuerdo –mentí–. Me lo confirmó en su día mi representante. Espero que lo disfrute.

En principio, Grijander podría haber sido confundido con un extranjero de los muchos que acuden con frecuencia a las embajadas, dada su descomunal estatura y corpulencia y, sobre todo, merced a su abundante y rubio cabello  pero a medida que le oía hablar me daba perfecta cuenta de que, con toda seguridad, no dejaba de ser lo que hoy reconocemos como un robusto y apuesto rubio nacido probablemente en el seno de una familia de Valladolid, traicionado con descaro por la correcta vocalización y esmerada  pronunciación de su discurso en un ampuloso y clásico castellano como con el que se dirigía a mí en aquel momento.

–¿De modo –le pregunté, en tono coloquial– que Chiquito anda también por aquí?

–Ya lo creo –contestó– no tardará mucho en hacer acto de presencia.

Y así fue. Mientras el doctor Grijander se molestaba en mostrarme una diminuta condecoración de oro prendida del ojal de la solapa de su chaquet, por la que yo me había interesado vivamente, aparecieron de pronto por entre la espesura de la frondosa vegetación del jardín el señor embajador y Chiquito de la Calzada, en animada y risueña charla.

El primero se había tomado la extravagante libertad, a la que el resto no nos habíamos atrevido: vestir un sencillo pero bien cortado traje de lino color crema y se había calzado con mocasines de color beige; bajo la americana, una camisa blanca de hilo sin corbata.

Chiquito, como el resto de invitados, con chaquet aunque el suyo de color gris marengo.

Nos sorprendió gratamente ver aproximarse al cómico sobre las puntas de sus pies, abanicándose perezosamente con un modesto y sin embargo elegante pai-pai de color rosa.

Mi asombro resultó mayúsculo al comprobar cómo James Costos, el joven embajador, se dirigía a mí por mi nombre propio, como si me conociera de toda la vida.

–¡Hombre, Zoilo! ¡Cuánto tiempo sin noticias tuyas! Yo fingí conocerlo también, disimulando mi total incertidumbre hasta que, sin él pretenderlo, me ofreció la esperada oportunidad que precisamente necesitaba para eludir el ridículo más bochornoso: una valiosa pista que yo atrapé al vuelo en mi propio auxilio y beneficio.

–¡Que década tan prodigiosa aquella de los 70-80 en el Puerto de la Cruz! ¿La recuerdas? –me dijo, mostrando una blanca dentadura de la que sólo los americanos de origen griego como él se atreven a ostentar–.

–¡Ya lo creo! –presumí también yo de haber vivido la misma década aunque no así de poseer la misma dentadura–. Sin embargo, para mis adentros, resultaba difícil creer que una persona nacida en 1963 pudiera haber asistido o participado de los prodigios que para la juventud del Puerto significaron aquellos ilustres años. Y así se lo hice saber.

–Todo lo que sé de ti se lo debo a mi padre que sí la vivió –respondió, con tristeza– y quien, por supuesto, también te conoció personalmente. No sólo me hablaba de ti, siendo yo todavía un niño, sino que en su amena autobiografía, editada recientemente en USA, menciona a un joven fotógrafo por el que sentía especial afecto y del que aún guardaba un magnífico reportaje fotográfico que le sirvió para ilustrar los capítulos más interesantes del libro. Si a todo ello le añadimos la entrañable amistad que te une al simpático Chiquito de la Calzada, a quién tuve oportunidad de conocer a través del ilustre doctor Grijander, digamos que, por lo que a mí respecta, se cierra por completo este estrecho círculo.

James Costos hablaba un castellano muy fluido mientras sonreía todo el rato, haciendo siempre gala de su sana y blanca dentadura que en secreto despertaba mi total envidia pero, a pesar de todo, yo continuaba sin saber aún quién podría haber sido su padre de entre todos aquellos jóvenes extranjeros que conocí y fotografié durante tan larga y   prodigiosa década. Al final, como si él mismo no se creyera lo que trataba de decirme, añadió muy despacio y después de una larga y misteriosa pausa que me obligó a memorizar en segundos todo el contenido de mi archivo fotográfico de entonces.

–Mi padre fue uno de los componentes del dúo que durante muchos meses amenizaron en directo las inolvidables noches en la discoteca “Bali”, sita, en aquel entonces y como bien sabrás, en la Avenida de Venezuela del Puerto de la Cruz.

Como un fugaz relámpago acudieron a mi maltrecha memoria no sólo las estilizadas figuras de dos jóvenes y excelentes músicos americanos sino además sus cortos nombres respectivos: James y Jules. De pronto, el embajador, esbozando una leve sonrisa de complicidad, se fue alejando de la escena llevándose a Chiquito cogido del brazo, quien, a medida que se distanciaban, me observaba risueño por encima del hombro mientras, indolente y ceremonioso,  se iba dando aire con su inseparable pai-pai de color rosa dejándonos a nuestra propia merced al doctor Grijander y a mí.

Al tiempo que Costos y Chiquito se distanciaban de nosotros, desde alguna parte del jardín que  yo aún no había visitado, no sólo empezaron a sonar los ágiles compases de American Patrol, en una conocida aunque discutida versión de Glenn Miller y su orquesta sino que, además, un suave aroma llegaba ahora hasta nosotros envuelto en los acordes de la primitiva marcha militar. Un inconfundible aroma a deliciosa mermelada de arándanos y a suave pavo asado, presumiblemente relleno de frescas manzanas.

En cuanto el doctor Grijander olfateó en el aire de aquella espléndida mañana el aroma tan peculiar y propio del Día de Acción de Gracias, con una rápida excusa que a mí me pareció estúpida y que no le hacía justicia alguna, decidió abandonarme por el momento, dejándome de nuevo completamente solo bajo la fresca sombra que proyectaban los siempre elegantes flamboyanes de aquel hermoso jardín particular.

Para cerrar definitivamente mi propio círculo y admitir a la vez la dimensión indirecta que me unía a aquellos ilustres caballeros en un jardín privado, bajo el cielo goyesco del Madrid de los Austrias, en pleno siglo XXI, hube de remontarme muchísimos años atrás en el espacio y el tiempo y trasladarme mentalmente hasta la calle del Lomo en el Puerto de la Cruz y tratar de entrar  en La Cueva Gitana, un diminuto pero muy popular “tablao” flamenco donde, cada noche, en la década de los 60, Chiquito de la Calzada actuaba a diario como “cantaor”, formando parte de una pequeña compañía de baile de escaso éxito y cuyo nombre, con el paso del tiempo, ya he olvidado por completo. De aquel entonces proviene nuestra sincera y cordial amistad, mantenida hasta hoy a buen recaudo, con una total y firme discreción y que la mayoría de nuestros coetáneos  desconocía hasta el presente.

Y, de pronto,  comenzó a sonar el himno de Estados Unidos.

zoilolobo@gmail.com

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com