La celebración del drama

Las elecciones catalanas han dejado más alegrías que desengaños. Han sido como la lluvia: depende de dónde caiga el agua para poder ser bienvenida. Yo creo que el odio contenido debe tener una espita por donde escapar porque si no revienta, igual que las ollas a presión. El conflicto de la independencia se había enquistado de tal manera que ya no se sabía por dónde iba a estallar. La campaña se ha reducido a una mezcla de victimismo con el arrepentimiento contenido de los que reconocen que se pasaron un pelín en su llamada hoja de ruta, confundiendo un problema político con otro judicial, y aprovechando para hacer coincidir uno con el otro en sus intereses partidarios. Ha habido mucho intento de navajazo por la espalda, de zancadillas y traiciones de oportunistas entre los que decían defender la misma bandera. Puigdemont ha basado su estrategia en asegurar que su problema con la justicia, por transgredir las leyes, ha sido provocado por el Gobierno de España, en una interpretación torticera y mal intencionada de la separación de poderes que impera en todos los países de la Unión Europea. Nadie se lo traga salvo sus enfervorecidos seguidores que creen que conquistarán un paraiso de leche y miel si consiguen su añorada república, como si fueran fanáticos islamistas capaces de inmolarse, de quebrar su economía, de fracturar su convivencia con tal de seguir las reglas de su profeta exiliado. Lo cierto es que esto le ha servido para superar en votos y en escaños a su enemigo tradicional y antiguo socio: Ezquerra Republicana. Esto, en cierta manera, ha resultado un triunfo para sus seguidores, que ya no se sabe quiénes son: si provienen de la burguesía catalana, enquistada tradicionalmente en un nacionalismo en competencia perenne con Madrid, o son una conjunción de payeses y charnegos que esperan ver realizadas sus esperanzas de seres superiores e igualados en esa República de felicidad y bienestar que les tienen prometida.

Han quedado satisfechos los independentistas de pura cepa, los de toda la vida, que han visto cómo, aprovechando el victimismo del intervencionista artículo 155 y la contundente actuación de los jueces, consiguieron repetir una mayoría en escaños, que no en votos, que seguramente les permitirá gobernar. Prometieron cosas que no pueden cumplir, como sacar a los presos de las cárceles, cambiar la hora y hacer un Estado independiente después de haberle jurado a los jueces que se iban a portar bien y no lo volverían a hacer. Con estos argumentos han ganado sus votos. Igual que Pablo Iglesias, cuando le gritaba a Tsipras: “¡Aguanta, Alexis, que ya llegamos!”.

Puigdemont le ganó a Junqueras. Se acabaron los primus inter pares./rtve.

Están contentos los de la CUP porque vuelven a ser la clave para el Gobierno, y podrán imponer sus condiciones de radicalidad, como siempre han hecho. Incluso residirá en sus manos la capacidad de que se elija al presidente que ellos quieran. Esto a pesar de haber perdido la mitad de los escaños que tenían. Pero ya se sabe que las minorías basan su poder en su insignificancia para convertirse en claves de la gobernabilidad, en esa interpretación tan sui generis de la democracia que consiste en que el que menos votos obtiene es el que al final tienen la potestad de decir cómo hay que hacer las cosas.

Los naranjitos, cómo no, están exultantes por su victoria importantísima. Algunos dicen que es pírrica, pero es el testimonio claro de que hay una mayoría amplia de ciudadanos que no está de acuerdo con lo que otros afirman que es la voluntad mayoritaria del pueblo.

Los socialistas pueden presumir de haberle bajado los humos al experimento de los Comunes y así empezar a recuperar el voto perdido de la izquierda a nivel nacional, haciendo de Cataluña la Covadonga para el resarcimiento de Pedro Sánchez. Tampoco se pueden quejar.

Hay una izquierda dispersa; esa progresía de postureo que nunca se sabe dónde está, que descorcha botellas de champán por el descalabro del Partido Popular. Son aquellos que priorizaban la caída de Mariano Rajoy a la ruptura del Estado. También estos, en su mezquindad, están de enhorabuena.

Aunque Albiol, Sánchez Camacho y Levy parecían estar en un entierro, el PP de Madrid piensa sacar rédito de su sacrificio para convertirse en los administradores del 155 y salvadores de la unidad de la patria. Esto es lo que venderán como el detergente que deja la ropa más limpia.

No sé qué éxito adjudicarle a Domenech, a Iglesias y a Colau. Después de haber acusado a todos de ser la marca blanca de otros se han convertido en una multinacional a la que se le han sublevado los franquiciados. Han quitado de las listas a lo mejor que tenían para meter a esa tropilla de trepas que está agazapada en el interior de los partidos. ¿Dónde dejaron a Coscubiela, que representaba la decencia y la inteligencia? Cómo siempre, han cambiado para perder, igual que hicieron en junio de 2016, que tiró al vertedero el millón doscientos mil votos de IU. Volverán a ser esa izquierda dispersa que nunca acaba de encontrar su casa común, porque hace tiempo que la confundieron con una casa okupa. El frente amplio se ha quedado en nada y las mareas se han venido a debilitar entregándose mansamente a las orillas de las playas.

En fin, hay que concluir que, a pesar de las opiniones magistrales emitidas desde las tertulias televisivas, estas elecciones han aclarado bastante las cosas. Visto desde la serenidad, la euforia no es otra cosa que la inercia de la campaña. Luego la normalidad y la razón vendrán a imponer los límites de la realidad. Las lágrimas se contendrán por unos días y volveremos a ver gimoteando a Marta Rovira, como la dolorosa subiendo al Calvario en la zarzuela del maestro Serrano.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com