Cuento de Navidad

Soy de los que piensan que la Navidad la inventó El Corte Inglés; el nacimiento del Niño Jesús es otra cosa.

Así que sería sobre las 16’30 del 13 de diciembre cuando el que suscribe dedicó un momento de su tiempo para salir del lugar donde fraguo mis éxitos en Sala –mi despacho en la Plaza de la Candelaria– y aprovecho esa hora de almuerzo para salir a caminar por Santa Cruz, calle Castillo, puente, mercado; me acompañaba mi hijo y, sin darnos cuenta, acabamos en la cuarta planta de ese centro comercial que tantas alegrías nos ha dado a generaciones de mi familia –aún recuerdo cuando hace 40 años lo inauguraron en Sevilla, en la Plaza del Duque. Era el único sitio que había aire acondicionado en agosto.

Bueno, lo cierto es que el pasado miércoles, sin proponérmelo, realicé algunas compras junto con mi hijo y aprovechamos para felicitar las fiestas a todos los amigos de allí.

Abandonando el centro comercial, no dudé en pasarme por el Rincón del Gourmet, total, me cogía de paso, y por eso de que es Navidad estiré el paseo y me senté en la barra que hay dentro y brindé con ‪Antonio Inurria Rivero, acompañado de una botella de Tattingger, en honor a su embajadora y amiga Isabel, junto con un poquito de Joselito (para el neófito, digo que es “jamonsito” del bueno).

Antes de marchar recordé el verdadero propósito de mi visita a ese lugar, no era otro que llevarle a mi esposa, Queca, un poco de micuit de pato – a ella le encanta–,  así que localizado en un estante lo atrapé y de forma distendida, hablando con mi hijo, lo dejé encima de un mostrador esperando que el señor me atendiera el cobro, mientras junior y yo hablábamos del consumo navideño y los bitcoins, seguíamos esperando en la caja –no nos precedía nadie, ante la cual –la caja— quien la atendía, a los minutos se percató que no estábamos allí para contemplar su belleza, y seguidamente nos indicó, con desprecio y actitud deplorable:

–En esta no, en la otra.

Le respondí:

–Disculpe, ¿en cuál por favor, no logro ver otra?

—En la que está detrás de este estante – me indicó con un aspaviento–.

Será bueno añadir, que este señor estaba usando su smart phone en el momento que nosotros le molestamos para abonar el micuit y supongo que le molesté.

Localizada la otra caja, allí estaba Cristina –lo ponía su identificación– sujeta en la parte izquierda superior de su blusa, aunque después me dijo que se llamaba María Cristina.

La joven estaba hablando con un chaval, que fue el que la alertó y le dijo:

–Atiende a estos señores.

Cristina accedió, nos miró, a mi hijo y a mí, para después oírle aquello de:

–¿Efectivo o tarjeta?

– Hummmm….espere por favor…..con tarjeta.

–Pues introdúzcala aquí y marque su número.

El Gourmet de El Corte Inglés.

Cuando lo estoy haciendo me espeta de forma imperante:

–Deme el DNI.

Ni favor ni nada, eso no se lleva en ciertos ambientes, suena a retrógrado el ser educado o el solo aparentarlo.

Yo –que soy muy disciplinado- me cuadro ante la autoridad de Cristina y le digo:

–¿Se lo doy o se lo enseño?

—Ahhhh…ja ja… solo me lo enseña.

Y eso hago, sin problema.

El problema llegó al momento, cuando me dice:

–Es que mi jefa me ha dicho que pida el carnet a todo que se gaste menos de 20 euros.

Fue cuando apareció todo lo que estaba evitando con mi amabilidad ante tanta incompetencia, falta de tacto, educación y desprecio hacia el servicio y usuario.

En El Corte Ingles hay gente fantástica que aguantan carros y carretas, a veces a imbéciles como yo, impertinentes a grado sumo, en ocasiones. Lo admito.

Pero ni era el lugar, ni el momento, ni el día quizás.

Y me acordé de mi amigo Medina, antiguo jefe de relaciones externas de El Corte Inglés, porque con el que está ahora al frente  no me llevo ni bien ni mal; no me llevo, allá él. Pero el anterior era un buen tipo y profesional como la copa de un pino. Ahora está en la isla de enfrente de director de Siete Palmas.

Y ahí empezó la segunda parte de este relato.

–¿Dónde está indicada esa orden?– le pregunte a María Cristina.

–¿Quién se lo ha dicho?

–¿Cómo puede estar usted en este lugar y tratar a los usuarios así, Cristina?

–¿Le caemos mal, quizás?

La señorita nos indicó que la orden se la había dado su jefa, Minerva, pero que no sabia mas datos de ella, pero que tampoco recordaba si había sido así o no, que lo cierto es que era nueva y que, en fin, disculpe, perdóneme, ha sido un error mío, no debí hacer eso.

Mientras tanto, mi hijo me alertó que una seguritas nos estaba mirando – supongo que para reprender a María Cristina ante el trato con los clientes, digo yo, vamos–, aunque a la apreciación de junior yo no le hice caso, solo le hicieron caso dos usuarios del Rincón que estaban junto a nosotros, los cuales me animaban a seguir investigando el por qué del trato y cómo era posible ese servicio.

María Cristina seguía disculpándose al tiempo que yo le manifestaba mi profundo arrepentimiento de entrar en un lugar donde recibes ese trato.

En suma, lejos de acudir a la inservible hoja de reclamaciones o que un “enchaquetado” con pintas de jefe me descontara el “Joselito” que adquirí el día anterior – donde no me pidieron el “denei”–, mi acción esta vez, pasó por decirle a María Cristina que si le parecía correcto el trato que nos había dispensado, que si hubiera sido mejor que se tomara su trabajo con seriedad y ofrecer lo más adecuado en el trato;  eso, aderezado con una pizca de educación, salpicado de empatía y con un pequeño adorno de sonrisa.

Lo cierto es que cada vez con mas frecuencia me encuentro con esta clase de comportamientos, fruto, desde mi punto de vista, de una carencia educativa sumada a formación, para mi, el punto medular de cualquier construcción social, donde cada vez mas se esta involucrando.

Ya se lo dije una vez a un recién estrenado presidente del Cabildo, que por aquellos tiempos y por el “interés te quiero Andrés” solía responderme y esa vez me dijo:

— Estamos en ello.

—Siga en ello, don Carlos, siga en ello.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com