Tremendismo

El tremendismo es un invento muy español. Pertenece al mundo de los toros y se aplica a un comportamiento exagerado en la lucha que el hombre tiene con la bestia, haciendo ver que hay más riesgo del existente, cargando la suerte, como se dice en el argot empleado por los críticos en esa materia que, tradicionalmente, suelen ser literariamente muy correctos y precisos. También en el teatro, como en cualquier otro espectáculo, los términos esperpento o histrionismo sirven para expresar las mismas actitudes que consisten en sacar a las cosas de la normalidad, en presentarlas como excepciones singulares cargadas del dramatismo necesario para que sean aceptadas por el público. Si no vienen aderezadas con estos ingredientes no se venden bien.

A esta España, que siempre ha estado partida por la mitad, le pasa lo mismo cuando se toma esta circunstancia natural y equilibrada por la tremenda. Entonces parece que una se come a la otra y no es verdad, porque la otra no se deja comer. Se habla mucho de frentismo sin saber exactamente de lo que se trata. Esta palabra, que implica una disposición casi militar en el combate, aplicada a la política significa la unión de varias organizaciones encaminadas a un objetivo común, que no es otro que presentar batalla a otro bloque aglutinado en idénticas condiciones. Se suele dramatizar mucho con este concepto, quizá porque en la organización de uno de esos frentes se encuentra el origen de la guerra civil, que fue la consecuencia de llevar el frentismo a situaciones extremas.

Visto desde el punto de vista democrático, se trata de dar una salida a la posibilidad de alternancia. Por tanto, la existencia de bloques equilibrados denota la buena salud del sistema en lugar de ser un anuncio de su quiebra. Hay quien lo confunde con que ganen los suyos cuando, en realidad, se trata de establecer la posibilidad de que sean los otros los que lo hagan. Esto es lo que Linz denomina exit, que, aparte de querer decir huida y escape, se traduce igualmente como éxito y triunfo. Se trata de un término equivalente para las dos posibilidades: la de llegar a la meta o la de salir corrido como una raposa. Lo que está claro es que una democracia sin esta oportunidad no puede considerarse como tal, por eso no son fiables los procesos que tienden a eternizar a los mismos en el poder.

Las elecciones catalanas reafirman lo de las dos Españas.

Se llama las dos Españas a esta situación de equilibrio saludable, pero este calificativo se ha hecho siempre desde el punto de vista del perdedor cuando es arrasado por el que viene con la intención de quedarse, de anonadar y de suspender las garantías del que perdió. Por lo tanto, ha adquirido un carácter peyorativo sin que en su auténtica esencia le corresponda tal calificativo. Las recientes elecciones catalanas son un ejemplo de ese frentismo equilibrado que unos quieren interpretar como un desastre siguiendo las pautas del tremendismo taurino o del esperpento teatral. Si analizamos los resultados podemos observar que el llamado frente independentista no consigue separarse de manera contundente del que no quiere dejar de ser español. Es más, se puede asegurar que la suma de votos de estos últimos (no de escaños) es superior. Lo mismo ocurre si analizamos la hipotética existencia de frentes de izquierda o de derechas, que es la forma tradicional y saludable de nuestro desentendimiento. Ciudadanos, Junts pel Cataluña y Partido Popular, cuyo espectro ideológico puede considerarse más cercano al conservadurismo, suman setenta y un escaños, uno más de los que aportan las fuerzas independentistas. Interpretado por la tremenda esto parece desastroso, pero desde el punto de vista democrático no lo es. El peligro no está en los frentes sino en la tentación que tiene cada uno de ellos de imponer a toda costa sus pretensiones sin respetar los límites que el sistema exige. La situación sociológica de Cataluña y de nuestro país es normal; la política no. Cuando estas circunstancias amenazan la convivencia es preciso aplicar el concepto sagrado de la democracia que no consiste sólo en garantizar la representatividad surgida de los procesos electorales, sino además en acatar las leyes dentro de lo que se llama un Estado de Derecho. Si esto es así estaremos salvados, la gente volverá a creer en sus instituciones, a pesar de que la posverdad y el tremendismo se hayan convertido en la misma cosa. He visto el último debate en la Sexta Noche con los representantes de las organizaciones catalanas, y he podido comprobar que los que dicen haber ganado se muestran más airados que los otros. Se han tomado su victoria por la tremenda y saben que, por más que se empeñen, no podrán seguir adelante con su proyecto. Al menos por ahora carecen de la legitimidad suficiente.

Es una publicación de El Diario de Tenerife.com